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Publicado en 2020, Actividades, Agenda, Encuentros de Lectura, Novedades | Deja un comentario

La peste de Albert Camus, por Inés de Cassagne

 

Tapa la peste
La Peste, realidad y símbolo del mal

La Peste, publicada en 1947, ofrece dos niveles de significación: uno, concreto y directamente comprensible, y otro simbólico. Primero, los hechos, relatados en forma de “crónica”: la peste bubónica hace presa de la ciudad de Orán, lo cual suscita toda clase de reacciones en sus habitantes y tres de ellos -cada uno a su modo- la enfrentan y  se empeñan en combatirla.  Segundo, lo simbólico. El mismo autor aclara en los Carnets que el simbolismo es doble: los nazis que se apoderan de Francia en la guerra (que era entonces una realidad muy reciente), y el mal que hay en la existencia en general. :

“Quiero expresar por medio de la peste el ahogo que hemos vivido todos y la atmósfera de amenaza y de exilio en que hemos vivido.

Quiero al mismo tiempo extender esta interpretación a la noción de existencia en general.” (Carnets II, p. 72)

De modo que en última instancia la peste es el símbolo del mal que padecen los hombres en su conjunto, el mal anejo a su condición: viene intempestivamente, ataca  a la humanidad desprevenida, y así como vino, se va; pero siempre permanece en estado “latente”.

¿Como reaccionan los habitantes de la ciudad atacada por la peste? Como todo el mundo lo hace ante un gran mal. Al principio, la vivencia general de desamparo y de impotencia, lleva a la negación: “La calamidad no es a la medida del hombre, entonces uno se dice que es irreal, que es una pesadilla que va a pasar…” (p. 32). Cuesta mucho aceptar la realidad que duele. Aunque el flagelo avanza, la mayoría busca distracciones u otras maneras de escape.

Sobre este fondo de generalizada huida o inconciencia, destacan tanto más las figuras que se deciden a encarar la situación: el doctor Rieux, el padre Paneloux y Tarrou. Vale para los tres lo que expresa el primero: “lo esencial es hacer bien su oficio”. Así, cada uno a su modo, y según su profesión y capacidad, estos tres hombres de alta talla moral actuarán y coordinarán sus esfuerzos en su lucha contra la epidemia. El médico se desvive por remediarla, o al menos por contenerla,  sobreponiéndose al cansancio y sobre todo, a su constante sensación de “fracaso” ya que, de hecho, se ve constreñido tan sólo a diagnosticar, tomar precauciones preventivas y aplicar curas ineficaces.  Por su parte el sacerdote trata de entender y explicar, desde la fe, el significado del flagelo. El tercero, Tarrou, resulta al principio bastante enigmático: viene de afuera, no se sabe de dónde, pero se interesa por todo y por todos, y cuando la peste se abate sobre la ciudad, se presenta al doctor Rieux para ofrecerle su colaboración. Por tratarse de un extranjero, esta solidaridad llama tanto más la atención.  Tarrou organiza equipos de voluntarios y consigue que a ellos se integren incluso algunos que de entrada no parecían dispuestos-. Es que este hombre magnánimo pone en cuanto dice y hace una nota que le es peculiar: la comprensión. Gracias a ella, es capaz de despertar en los demás  sentimientos de solidaridad hasta entonces insospechados. El combate contra la peste resulta entonces la ocasión de desarrollarlos.

Ésta es la faz positiva de la peste: ser la oportunidad para que se revelen y practiquen los mejores sentimientos de humanidad. Dentro de este marco brota la camaradería entre Rieux, Tarrou y Paneloux, y estos hombres tan dispares acabarán no obstante por hacerse amigos.

TARROU

 El mal moral: “todos estamos apestados”

En cuanto a Tarrou, el hombre de la “comprensión”, que ha llegado a ella aprovechando su experiencia, alcanza, por eso mismo, la visión más acertada sobre la condición humana y el misterio del mal. Tarrou no afirma ni el mal metafísico ni la inocencia humana. De hecho, deja de lado el problema teórico -mal metafísico, Dios “injusto”…- y se concentra en el problema práctico – cómo combatir los males naturales y, sobre todo, cómo disminuir el mal moral, la injusticia humana -.

En un diálogo íntimo con Rieux, le abre su corazón y le relata su experiencia. “Cuando era joven -le confiesa- yo vivía con la idea de mi inocencia, es decir, no tenía idea…” (1). Así, no es adentro suyo, sino afuera, donde el joven Tarrou empieza a percibir el mal. Y puesto que lo primero que descubre es la injusticia de la ley -concretamente la pena de muerte-, se entrega a la acción terrorista para luchar “contra una sociedad que, pensaba, estaba fundada sobre el asesinato”. Pero no tarda en descubrir que el terrorismo hace lo mismo, que lucha en base a asesinatos. Ver lo que estaba sucediendo en el mundo -“Hoy en día es a quién mata más”- y caer en la cuenta que él también  estaba participando en lo mismo, le abrió los ojos sobre sí mismo en primer lugar, y luego lo llevó a reflexionar sobre la condición humana:

“Comprendí entonces que yo no había dejado de ser un apestado durante esos largos años en que, con toda mi alma, yo creía luchar justamente contra la peste….

“Sí, seguí teniendo vergüenza…y aprendí que todos estamos en la peste…

“Sé en conciencia que todos llevamos adentro la peste, porque nadie, nadie está indemne.” (p. 201-203)

En este caso, la imagen de la peste ha cobrado otro significado: ya no el del mal ontológico, sino el del mal moral – el mal moral del que todos participan-. Es el concepto bíblico del pecado original, por más que el autor no haya querido poner esta palabra en boca de su personaje. Es que, sin dejar de tenerlo en cuenta (2) -, no adhiere a este punto de la Revelación, así como también descarta la salvación, la redención y la gracia.

Santidad sin Dios, pelagianismo secularizado

Por no tener fe, en lugar de esta solución cristiana, Tarrou propone una solución únicamente moral y autónoma -en cuanto no depende más que de la voluntad humana Es una solución natural a un problema que él considera sólo “natural”:

“Lo natural -dice- es el microbio. El resto, la salud, la integridad, la pureza…son efectos de la voluntad….”

Cabe observar además que Tarrou expone un estilo moral propio -sin pretender enseñársela a nadie, ni menos juzgar a nadie- basado en dos puntales: la modestia y la vigilancia:

“Ahora, acepto ser lo que soy, he aprendido la modestia. Digo tan sólo que hay en esta tierra calamidades y víctimas y que, en lo posible, hay que rechazar estar con la calamidad….

“Vigilarse sin distracciones….El hombre honesto, el que no infecta casi a nadie, es el que tiene menos distracciones….”

Tarrou ha abandonado su pretensión anterior de querer arreglar el mundo, y ahora  se  dedica a lo que tiene a su alcance: su propia mejora interior, que a su vez incidirá en mejores relaciones con el prójimo. Este cambio, que denota mayor realismo y responsabilidad, constituye indudablemente un avance moral. Y bien podría un cristiano adherir del todo a esta moral de la aceptación de sí mismo, de la modestia y vigilancia, y de la “simpatía” y comprensión, a no ser por una sola cosa: el obstáculo intrínseco del egoísmo, tan arraigado en el alma, tan evidente para cualquiera aunque quizás más para el cristiano. No hay santo que no se haya topado con ese obstáculo. San Agustín tropezó con él y sólo pudo superarlo cuando aceptó la gracia de Dios. Y precisamente, ¡he ahí el problema del no cristiano Tarrou!:

“- En suma -dijo con sencillez-, lo que me interesa es saber cómo se llega a ser santo.

– Pero usted no cree en Dios (dijo Rieux).

– Justamente. El único problema concreto que tengo es si se puede ser un santo sin Dios.» (p. 204)

Este planteo refleja, y al mismo tiempo pone en duda, la muy moderna convicción moral del hombre autónomo y autosuficiente.  Cada uno se da su regla moral y puede cumplirla con sus facultades naturales. Esto recuerda al antiguo pelagianismo, pero con algunas diferencias. Mientras Pelagio y sus seguidores pensaban que las facultades naturales eran dones de Dios y por ello la identificaban con “la gracia”, y así creían que ellas solas eran eficaces para llegar a Dios, en la concepción moderna Dios desaparece del horizonte -ni es el dador de esas facultades, ni el autor de la regla moral, ni tampoco es el fin perseguido. Aquí no interesa la vida eterna, sino solamente la vida de este mundo. Por eso, el filósofo Augusto Del Noce, llamando la atención sobre este rebrote pelagiano en nuestros tiempos, lo ha llamado “pelagianismo secularizado”. A Camus, su realismo le impide hacerse ilusiones, como se ve en esta escena y en tantos otros pasajes de sus obras donde pinta las dificultades de la vida moral. Así y todo se “obstina”, considerando esta obstinación como virtud y hasta -se diría- como alternativa y sustituto de la gracia. Y a veces se le ocurre que Dios no otorga la gracia a todos.

“Sentido de mi obra: Tantos hombres privados de la gracia. ¿Cómo vivir sin la gracia? Hay que tratar, y hacer lo que el Cristianismo no hizo nunca: ocuparse de los condenados.” (Carnets II, p. 129-30)

Esto parece proceder de alguna de las interpretaciones abusivas de la “predestinación” (como el calvinismo y el jansenismo), al igual que una frase que proyectaba hacer decir a algún personaje de esta novela: “Cristo quizás murió por alguien pero no por mí” … (Carnets II,p. 111).

Esta frase no es pronunciada en la novela, pero uno diría que se insinúa, como un eco, en la conmovedora escena de la agonía y muerte de Tarrou. Este santo sin Dios ni esperanza parece decir: ‘Si es que Cristo no murió por mí, he de ser yo mi propio Cristo, he de morir yo como un Cristo’. La escena  remite indudablemente a la escena del Gólgota, por su soledad y su supremo combate contra el mal, pero con resonancias trágicas muy distintas. Mientras Jesús se entrega con total obediencia a la voluntad del Padre para salvar a los hombres, Tarrou es un Cristo que se obstina en vivir y desafiar la peste, que aquí aparece como obra de un cruel destino.

———————–

(1) Lo mismo dice Camus en 1945 : “J’ai vécu avec l’idée de mon innocence, c’est à dire avec pas d’idée du tout. Aujourd’hui…” (Carnets II, p. 154)

(2) Véanse por ejemplo estas anotaciones de la misma época: “La inclinación más natural del hombre es arruinarse y arruinar a los demás con él. ¡Cuántos esfuerzos desmesurados para ser meramente normal!” (Carnets II, p. 152); “En suma, el Evangelio es realista, por más que se lo crea imposible de practicar. Sabe que el hombre no puede ser puro. Pero puede hacer el esfuerzo de reconocer su impureza, es decir perdonar. Por eso Dios debe ser absolutamente inocente.”  (Carnets II, p. 271)

 

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RECORDANDO A ALBERT CAMUS

60 ANIVERSARIO:

 Camus tumbaEstamos recordando el 60ª aniversario de la muerte de Albert Camus , en un accidente automovilístico, (volviendo de las Fiestas en la Provenza:, ya cerca de París) el 4 de enero de 1960, a los 46 años, tras habérsele otorgado el PREMIO NOBEL DE LITERATURA dos años antes, es decir a los 44, y “por su obra completa”.

 ¡Lejos estaba él de pensar que la había concluido! Al contrario, estaba desarrollando el tercer ciclo de su obra: sobre la medida y el amor;  y llevaba en su mochila una novela  bastante adelantada,  El Primer Hombre, que formaba parte de este ciclo. Le otorgaba mucha  importancia  por rescatar en ella sus orígenes argelinos, tan apreciados, a los que consideraba  “la fuente única y entrañable que alimenta lo que uno es y dice”.

Esto me lleva a su pregunta (1).  El que no haya estatua de Camus en Argel no significa antipatía, ni odio ni desamor.    No he visto en Francia ningún busto o estatua de Camus. Sí hay una calle con su nombre en el pueblito de Lourmarin, en la Provenza, zona mediterránea que le recordaba a su amada Argelia . En Lourmarin está su sencilla casa y su más que sencilla, pobre tumba, sin siquiera una losa, tierra adonde yo, según el uso,  deposité una piedrita en señal de veneración.

Lo que pudo apuntar en su contra en los últimos años es de tipo ideológico: una crítica literaria que se dice “anticolonialista”. Pero esto no lo alcanza a Camus, por más que él haya nacido (el 7 de noviembre de 1913) en el período en que Argelia era una colonia de Francia (desde 1830) y había trasladado su cultura tanto agrícola como intelectual, tanto a los nativos árabes como a los emigrados franceses e hispanos.  Camus tenía la doble ascendencia de su madre española y de su padre descendiente de franceses de la Lorena- . Tras la prematura muerte de éste en la Batalla de la Marne en la Primera Guerra Mundial, el hijo de pocos meses fue educado por su madre y su abuela, gente pobre y trabajadora que le inculcaron valores y concurriendo a la escuela, Liceo y luego Universidad con programas de Francia.  Con sus amigos del “barrio pobre” disfrutaba juegos y baños de mar. “Lujos” les llama a esta compañía y a este entorno soleado del Mediterráneo.  Declara al respecto: “Entré en literatura por la admiración”. Y lo comprobamos en sus colecciones líricas El revés y el derecho y Bodas, publicadas en Argel, así como en la serie de El Verano. “Hay en mí un verano invencible” –afirma- Y sin embargo, ha sido clasificado insistentemente como escritor del “absurdo”, “existencialista” y hasta “nihilista”.

¿Cuántas veces tuvo que defenderse de estos rótulos! : “¿Dónde está el absurdo del mundo? […] Con tanto sol en la memoria ¿Cómo apostar por el sinsentido?”

Lo cierto es Camus ha encarado la realidad concreta –al margen de todo prejuicio, presupuesto  o esquema ideológico-, la realidad completa en su faz luminosa y su anverso de dolor. Camus es un pensador “objetivo”, no existencialista sino “existencial” en cuanto parte de lo existente para describirlo, profundizarlo, analizarlo, tomando en cuenta la condición esencial  de los hombres y también su evolución personal y acorde al entorno histórico.

Aclara:   “No, yo no soy existencialista. Sartre y yo siempre nos sorprendemos de ver asociados nuestros nombres […] Sartre y yo habíamos publicados nuestros libros antes de conocernos. Cuando nos conocimos, fue para constatar nuestras diferencias. Sartre es existencialista ….” Esto es: presuponiendo que no hay esencia humana,  Sartre considera al individuo existente que resulta ser entonces “pura libertad”. Cada individuo en tal caso es un ser único y cerrado que por tanto carece de  comprensión, compasión u otro tipo de comunicación: “el otro es el infierno” es lo que muestra su pieza teatral A puertas cerradas (Huis clos)y su novela La náusea .  En la entrevista que cito continúa explicando Camus que él por su parte ya “había publicado El Mito de Sísifo, dirigido contra los filósofos llamados existencialistas”.

Esta incompatibilidad de posiciones no impidió que Sartre y Camus integraran un círculo de amigos, y es de notar que Camus, recién llegado de Argelia, no aprovechó esto para afirmarse en la élite literaria de París en su oda del “absurdo”, sino que empezó a integrarla siguiendo su propio camino, ya trazado, en lucha contra todo nihilismo, superando el absurdo,  y abierto a la belleza y la verdad. Vale la pena recoger estas notas consignadas en sus Cuadernos:

“Vivir en y para la verdad, La verdad de lo que uno es, ante todo. Renunciar a acomodarse. […] La verdad delo que es. No usar de astucias con la realidad.

“La verdad es el único poder, alegre, inagotable. Si fuéramos capaces de vivir sólo de la verdad: energía joven e inmortal en nosotros. El hombre de la verdad no envejece.”

Por tanto, descartado todo “nihilismo” al cabo de cada una de las obras escritas durante su primer ciclo (en El extranjero: comprendí que había sido feliz, en El Malentendido: hay que hablar, en  Calígula: esta libertad no era la buena  y en El Mito de Sísifo), Camus va avanzando a partir de este ensayo en el cual Sísifo figura la obstinación y decisión de volver a empezar y retomar su carga de hombre-, hacia el segundo ciclo, figurado por “Prometeo”, y concretado en la novela La Peste, las piezas de teatro El Estado de Sitio y Los justos y en el gran ensayo El Hombre Rebelde-. Aquí  estudia en concreto el momento en que un hombre que ha estado subyugado, aceptando una servidumbre indebida, en un momento dado se “da vuelta” para marcar un límite.  A este darse vuelta (“volte-face”) haciendo frente  lo llama “révolte” , mal traducido por rebeldía en castellano. Camus observa que este movimiento corresponde a un razonamiento implícito llegando a una evidencia positiva que supera el absurdo. ¿Cuál? : hay en mí un valor que merece ser reconocido y respetado.  Digo “no” en nombre de un “sí”: este valor que me es esencial. Se trata para Camus del reconocimiento en mí, y en mis congéneres, del SÍ valioso y compartido: la naturaleza humana. Agregando que esta vivencia contradice a las ideologías existencialistas e historicistas –que siendo nihilistas – conciben un cambio en el futuro,  Camus las critica y propone: “En lugar de matar o morir para producir el ser que no somos , debemos vivir para ser el ser que somos.»   Para mostrar la realidad de este movimiento de révolte, Camus lo estudia a lo largo de la historia –en las ideologias que dan lugar a acciones terroristas o revoluciones, así como en movimientos literarios que se entregan del todo a la fantasía- y siempre llega a distinguir entre tal núcleo valedero, que de por sí posee una “medida”, y la tentación de la desmesura (por más o por menos).

Esta tesis no es pura teoría. Al contrario: Camus con todos los franceses la ha vivido durante la Ocupación. Llegó un momento en que los franceses subyugados dijeron no a la opresión nazi:  y empezó la “resistencia.”, para Camus el “Combat” periodístico  A esta realidad la ilustró en la novela La peste, así como en sus piezas de teatro Los justos y El Estado de Sitio.  Sobre esta última pieza teatral Camus dice: “He querido atacar de frente a un tipo de sociedad política que se ha organizado, o se organiza, a derecha o izquierda, al modo totalitario. Ningún espectador de buena fe puede dudar que esta obra defiende al individuo, al hombre cncreto en lo que éste tiene de noble, y el amor a la tierra, contra las abstracciones y los terrores del Estado totalitario, sea ruso, alemán, u otro”.

Al llegar a este punto, completamos la cuestión Camus-Sartre (2). Este último se vio contrariado por la afirmación camusiana de la “naturaleza humana” en el Hombre Rebelde, y probablemente también porque se había acercado un tanto a grupos literarios pro-marxistas (a diferencia de Camus, que habiendo entrado en Argel al partido comunista, lo abandonó pronto al comprobar que no compartía para nada ni su praxis ni teoría).  Siendo Sartre director de la revista Les Temps modernes,  para demoler el ensayo de su amigo eligió a un joven principiante Jeanson, y esto fue tomado como un desprecio por Camus. Así llegó a su fin la amistad entre ambos, si bien Sartre, tras la trágica muerte de Camus, le dedicó un elogio póstumo.

Camus preparaba con antelación sus obras. Antes de terminar el Mito de Sisífo (1943), pensado para superar el absurdo. ya estaba meditando en el Hombre Rebelde, publicado finalmente en 1951.

Del mismo modo ya desde el principio estaba planeando un tercer ciclo, llamado de Némesis “diosa de la medida, fatal para los desmesurados”, por estar dedicado a la medida y el Amor.  Sin duda hemos de atribuir a esta intención los relatos de El exilio y el reino , y La caída en la cual se ilustra la tentación de la vanagloria y su contraparte, la vergüenza de comprobar que no uno no es tan grande como se ha supuesto.

Durante estos años, que serían los últimos Camus se entregó de lleno al teatro –al que consideraba el mayor de los géneros literarios, y realizó proezas en adaptaciones, entre las cuales algunas obras maestras: La devoción a la Cruz de Calderón de la Barca, Requiem para una monja de Faulkner y Los Poseídos de Dostoievski. Se comprometía con ellas tanto como traductor como director de escena, y sobre todo deslumbra su capacidad de adaptador convirtiendo grandes y largas novelas como las últimas citadas, en piezas teatrales. Estas tareas le encantaban a Camus por muchos motivos: entre ellos porque lo alejaban de la “abstracción que amenaza a todo escritor” y lo ponían en contacto con lo real: tanto los materiales del decorado como los artistas a quienes trataba con gran respeto, dejándoles elegir papeles y descubrir por si mismo sus gestos, etc.: formando en resumen un verdadero “equipo”. Y esto era para Camus retomar lo que había empezado en Argel, con su juvenil e improvisado “Teatro del equipo”.

Finalmente, sobre todo trabajaba en la gran novela  en la que volcaba todo su amor y agradecimiento por Alger, los argelinos, su familia, sus maestros, y sobre todo su madre. Llegó a escribir la primera parte: “Búsqueda del Padre”, y empezó la segunda parte: “El Primer Hombre”.

Quedó trunca por  aquel  trágico accidente.  Muchos estudiosos de la Sociedad de Estudios Camusianos contribuyeron a recuperar y reorganizar el enorme material de manuscritos, tipuscritos, notas sueltas, y , bajo la dirección de Catherine Camus, la hija del autor, se publicó en 1995, la obra magna -con el título planeado-, El Primer Hombre.

A Camus le interesaba la recuperación de Europa después de la guerra. La pensaba en su calidad humana. Ejemplo:

“Un mundo donde no hay más lugar para el ser, para la alegría, para el ocio activo, es un mundo que debe desaparecer. Ningún pueblo puede vivir exiliado de la belleza- Y esta Europa se aleja sin parar de la belleza. Por eso se convulsa y por eso morirá, si es que la paz no signifique para ella el retorno a la belleza y devolver su lugar al amor.”

“Toda vida dirigida hacia el dinero es una muerte. Renacer consiste en el desinterés”.

“La medida del amor es amar sin medida” Frase tomada de San Agustín, su compatriota con tantos siglos de diferencia, a quien le dedicó su tesis de licenciatura “De Plotino a san Agustín”, en Filosfía y colocada como lema en Tipasa, antigua ciudad romana, marítima, celebrada por Camus en “Bodas en Tipasa” y “Retorno a Tipasa)

INÉS DE CASSAGNE

(1) Se refiere a la siguiente pregunta que le formulara la periodista del suplemento de cultura del diario Clarín, Adriana Muscillo:  «¿Por qué los argelinos no lo quieren? Se dice que no hay ni un busto ni una estatua recordatoria de él en Argel.» La nota algo editada se publicó el sábado 4 de enero de 2020

(2) Aquí responde a otra pregunta formulada por la misma periodista: «¿Por qué se distanció de Sartre? Eran íntimos amigos sin embargo, en Les temps modernes ha surgido una disputa entre ellos. Camus acusa a Sartre de ser inmoral por identificarse con el comunismo. Sartre acusa a Camus de ser un iluso y un romántico…»

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Próximo encuentro de lectura: martes 3 de diciembre

El próximo martes 3 de DICIEMBRE  es el último ENCUENTRO DE LECTURA del año, dedicado a LOS POSEÍDOS de Camus-Dostoievski

Los poseidos, Losada

En la Alianza Francesa, Córdoba 946, 18.30hs

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Próximo encuentro de lectura: martes 5 de noviembre

 

Lectura dramatizada de Los poseidos  de Albert Camus, adaptación teatral de la novela homónima de Fiodor Dostoievski

En la Alianza Francesa, Córdoba 946, 18.30hs

Los justos los poseidos

Los poseídos fue traducida por Victoria Ocampo y publicada junto con Los justos  por la editorial Losada.  ¡Traigan esa edición para el encuentro de lectura!

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