Después de la rebeldía, la caída (Inés de Cassagne)

Les compartimos el trabajo presentado por Inés de Cassagne en Barranquilla, Colombia.

En El hombre rebelde [i]Camus,  tras un cuidadoso análisis histórico del fenómeno de la rebeldía[ii], o, mejor dicho de sus desbordes en múltiples manifestaciones devastadoras, hace un diagnóstico de sus causas y propone una corrección, a primera vista recta y eficaz, en el plano de la acción, de la ética.

“Qué  es un hombre rebelde? Un hombre que dice “no”. Pero si rechaza, no renuncia: es también un hombre que dice “sí” desde su primer movimiento.[…Todo movimiento de rebelión invoca tácitamente un valor.”, [..] El rebelde quiere […] identificarse con ese bien del que ha adquirido, de pronto,  conciencia, y que quiere que sea, en su persona, reconocido y saludado.”[iii]

Camus ve y señala que la rebeldía o  révolte es la reacción espontánea de rechazo a lo que el hombre sufre como abuso o injusticia. Observa que este rechazo –este “NO”,  supone un implícito “SI” revelador. Revela algo incontestable, inconfundible, esencial, que atañe a todos. Camus concluye: “je me révolte donc nous sommes[iv]. No es una mera deducción sino una constatación. Este hecho de contener una afirmación implícita  de algo de lo cual el hombre no podría desprenderse sin dejar de ser,  está indicando al hombre su inconfundible “naturaleza humana” de la cual todos los individuos participan. Resulta así un patrón de medida en cuanto a su obrar y actuar; una pauta e indicador capaz de encauzar y poner “medida” y “límite” a sus acciones-. “Operari sequitur esse”.  Según lo que se es, se obra.

Camus ofrece este redescubrimiento de la “naturaleza humana” como una reconquista positiva, frente a las posturas que la niegan –existencialistas, idealistas, ideológicas. Todas ellas son nihilistas en cuanto no admiten nada dado que sea definido, que tenga contornos propios, salvo en los seres artificiales proyectados por el hombre. Así pues, es una reconquista positiva volver a reconocer la naturaleza humana. Lo es, sin duda, y brinda apoyo a la reflexión compartida:

“Si los hombres no pueden referirse a un valor común, reconocido en cada uno de ellos, entonces el hombre es incomprensible para el hombre.”

Si no nos es posible participar de una naturaleza común, resultan inútiles las tentativas de diálogo, entendimiento, comprensión. Si cada uno se inventa a sí mismo,  o si cada cual esta encerrado en sí -es “huis clos[v]-, resulta imposible la sociabilidad, la política, la comprensión y el gusto por el arte y la literatura.

También se vuelve imposible intentar hacer justicia, ya que la justicia significa dar a cada uno lo que le corresponde. Y ¿cómo saber lo que corresponde a lo que no es nada definido y por lo tanto nada le corresponde?  El nihilismo habla en vacío. De modo que Camus, si  llega a decir que “hay una medida del hombre y de las cosas”, es por “no haberse dejado poseer por el absurdo” –como le dice a Jean Grenier, en carta del 9/3/43[vi]-. y por abrirse a lo razonable y lleno de sentido, y aún más: a lo que vislumbra y se le escapa a la sola razón: el enigma o el misterio.

De no haberse apartado del mero absurdo –vía muerta-, evolucionando hasta admitir la evidencia de la naturaleza humana, Camus no hubiera podido escribir “La Peste”, en la cual se da un compartir que llega a ser solidario, solidariamente efectivo. No hubiera podido hacerse los planteos de “Los Justos”, que se refieren a los “límites” de su acción justiciera, ni tendría sentido la reacción de Diego, el révolté  del “Estado de Sitio”, en favor de la verdad del hombre que era negada por una dictadura ideológica, y el efecto que produce esta reacción en los demás: al abrírseles los ojos, al verse alertados, rechazando a su vez las despóticas ataduras del régimen, y acabando con él.

A partir de un hecho observable-”Vivimos en una historia des-consagrada”-, la pregunta muy significativa que se hace Camus es: “¿Se puede, lejos de lo sagrado y sus valores, encontrar la regla de una conducta?”[vii]. No está de más acotar la posición contraria de J-P-Sartre quien afirma: “No hay naturaleza humana porque no hay Dios para concebirla”.

En l’HR Camus vislumbra una respuesta positiva desde la fuerte afirmación de la “naturaleza humana”. La “révolte” es positiva en cuanto revela y da la medida del obrar, siempre y cuando se esté dispuesto a “vivir y morir, si es necesario, para hacer vivir el ser que somos” [viii](p.694), porque somos algo.

El “révolté” supera el sentimiento del absurdo en cuanto quiere comprometerse a esto y a corregir el movimiento desmesurado, el exceso, sobre todo tomando conciencia de esa desmesura que está latente también en el mismo movimiento instintivo de la rebeldía; lo cual implica la exigencia y el esfuerzo constante de rectificarla en el sentido de ese valor humano que trata de desarrollar y plenificar:

“(El revolté) debe ser fiel al “sí” que contiene, al mismo tiempo que al “no” que las interpretaciones nihilistas aíslan en la rebeldía. La lógica del rebelde es querer servir a la justicia para no aumentar la injusticia de la condición, es esforzarse en hablar claro para no aumentar la mentira, y apostar por la felicidad.” [ix]

Claro que esto es muy difícil. Llega a decir nuestro autor:

“Si el hombre fuera capaz de introducir por sí solo la unidad en el mundo, si pudiera hacer reinar, por su solo decreto, la sinceridad, la inocencia y la justicia, sería Dios mismo.[…] No puede pues encontrar reposo. Sabe el bien, y hace a pesar suyo el mal. El valor que lo mantiene en pie no le es dado una vez por todas, debe mantenerlo sin cesar […] encadenado al mal, se arrastra obstinadamente hacia el bien…] [x]

Como se ve, Camus es optimista pero no iluso. Si en “La Peste” Rieux concluye que en el hombre hay más cosas que admirar que vituperar,  es porque no deja de ver que también, aún en los mejor intencionados hay cobardías, abusos, miedos, aprovechamientos.  Si Tarrou señala que, por su parte, él hace un esfuerzo constante para no añadir elementos de mal en la realidad, es porque ha descubierto  que su deseo de comportarse bien se ve contrariado, no desde afuera, sino desde sí mismo, por una tendencia al mal. El mal moral sale a relucir con fuerza. Así, la révolte no parece suficiente para dar la medida y poner límite.

II

Después del Hombre Rebelde, La Caída

“Los grandes novelistas son novelistas filósofos”- decía Camus en El Mito de Sísifo, así como: “Pensar, es reaprender a ver, a estar atento, a dirigir la conciencia…”  Según lo cual no es de extrañar la aparición de un relato tan pesimista como La Caída después del Hombre Rebelde.

La tremenda incomprensión y menosprecio de que fue objeto por parte de intelectuales que lo dejaron de lado, a causa de su denuncia  del nihilismo contenido en las ideologías y en el existencialismo sartriano, le dolió muchísimo a Camus, y este dolor pudo haber agudizado sin duda su penetración del alma humana. Véase al respecto lo que el mismo Camus sugiere en la frase final de su “presentación” a La Caída. En esta obra señala una verdad: “Una sola verdad en todo caso- dice-: […] el dolor, y lo que él promete”[xi].

¿Qué promete este dolor? Me parece que en este caso se trata de la posibilidad de abrir una ventana por donde se pueda atisbar algo más, una verdad que hasta entonces no se había tenido muy en cuenta. Mayor comprensión con respecto a la naturaleza humana –caída- y quizás una vía de purificarla y reelevarla. . Es de notar que “La Caída” surge al mismo tiempo que Camus estudiaba con mucho cuidado el Réquiem para una monja de Faulkner, para adaptarlo en forma de tragedia y ponerlo en escena. Y al comentarla habla  del dolor como un “agujero por donde entra la luz”.[xii]

Lo que no se había tenido en cuenta suficientemente es la posibilidad de expiar el mal propio y ajeno por una voluntaria entrega al sufrimiento. Camus habla dos veces de “religión del sufrimiento” con respecto al Réquiem, cuya protagonista, la negra Nancy, cómplice de asesinato de una criaturita, confiesa y se entrega en lugar de la madre culpable con intención expiatoria para ambas (y con repercusión aún más amplia en la sociedad). En la entrevista a “Le Monde” del 31 agosto 1956 dice que la obra de Faulkner contiene una  religión que “deja entrever la esperanza de una redención por el dolor y la humillación”[xiii]. Y para el “Figaro littéraire” del 22/9/1956 repetía: “Es la religión del sufrimiento”, agregando: “Lo que ve Faulkner es que el sufrimiento es un agujero; y que la luz entra a ese agujero, sí”[xiv]. Tal aserción comporta tanto la clarificación de la conciencia ante la culpa como la revelación de la función catártica de la penitencia expiatoria.

Creo que Camus valora esto no sólo individualmente, para un caso aislado, sino que ve su proyección en la trama social. Es lo que quiero mostrar en “la Caída”, cuyo tono irónico hace difícil muchas veces discernir el alcance de cada aserción del protagonista. El propio Camus  indica en su presentación la ambigüedad de su personaje:

“El hombre que habla  en La Caída se entrega a una confesión calculada. Refugiado en Ámsterdam en una ciudad de canales y de luz fría, en la cual juega al eremita o al profeta, este antiguo abogado espera en un bar dudoso a oyentes complacientes. Tiene el corazón moderno, es decir que no soporta ser juzgado. Se apresura por tanto a hacer su propio proceso, pero para mejor juzgar a los demás. El espejo en que él se mira, termina por tendérselo a los demás. ¿Dónde comienza la confesión, dónde la acusación? El que habla en este libro ¿hace su proceso, o el de su tiempo? ¿Es un caso particular, o es el hombre de la época? Una sola verdad en todo caso, en este estudiado juego de espejos: el dolor y lo que promete.”[xv]

Esta presentación da pistas y al mismo tiempo despista. Nos desafía con tales preguntas. Y finalmente da una pauta de salida.

Recordemos brevemente la situación. De entrada el lector se ve atrapado en la red de un aparente diálogo. Un desconocido, alguien que con buenos modales, interpela a otro desconocido: Le ofrece sus servicios pero, de hecho le obliga a convertirse en su interlocutor; sin dejarlo ser. Haciendo gala de buenos modales, habla sin parar, al preguntar no espera respuesta sino se adelanta a dar su opinión dando por descontado que el otro piensa igual. Lo que dice de sí mismo se lo adjudica al otro e incluso proyecta sus juicios a todo el mundo. Resulta imposible desprenderse de esta red del hablador, que dice haber sido un abogado exitoso y convencido de su superioridad tanto por ocuparse de defender a víctimas sin recursos cuanto por lograrlo. Se había compuesto una auto-imagen de suprema excelencia mediante la realización de actos caritativos. Pero esta imagen se le quiebra luego desde adentro y desde afuera. Al principio, se descubre a sí mismo iracundo y  dependiente de la opinión ajena. Le surge una “risa” acusatoria en su interior: no eres el que te crees.  Luego se le revela su cobardía al no acudir al”grito” de socorro de una joven suicida y desentenderse  luego de este hecho.  Por no poder aceptar estas fallas, y temiendo que se conozcan y lo juzguen, decide no seguir ejerciendo su profesión. Huye a un lugar donde nadie lo conoce y se adjudica el rol de “juez-penitente”, tomando al mismo tiempo el nombre de Juan Bautista Clamence, con lo cual sugiere un papel de profeta y precursor de salvación, pero agregando “comediante” en su tarjeta de presentación. Espera a sus clientes en un bar del puerto de Ámsterdam, lugar brumoso que se presta a la confusión. A estos clientes se confiesa, en una confesión confusa, ya que en todo momento se advierte su ambigüedad. ¿En qué está la ambigüedad? En que no se arrepiente sino involucra a los demás en sus propias faltas. “Ud también ¿no?” O sea, se muestra a sí mismo como espejo del otro. Por lo tanto, lo está acusando al otro. Esto es lo que conturba.

Camus también conturba en su presentación del personaje cuando nos interpela: “El que habla en este libro ¿hace su proceso, o el de su tiempo? ¿Es un caso particular, o el hombre de la época?” Al preguntar ¿es esto “o” lo otro? , dificulta  que se vea que es esto “y” lo otro: las dos cosas. Tal artificio está también incluido en el juego genial de espejos que va oponiendo el artista a lo largo del monólogo dramático. Si este hombre “tiene el corazón moderno”, y esto quiere decir que “no soporta ser juzgado”, entonces vale tanto la “confesión” como la “acusación”. Ni el que se confiesa ni el acusado aceptan la culpa porque les duele tener que reconocer que no son inocentes. Entonces Camus, con su observación final sobre el “dolor”, nos orienta. A todos nos duele.

Es un hecho: todo el mundo hoy en día busca “justificarse”. Justificarse ante sí mismo y ante los demás. Nadie está dispuesto a reconocer errores o faltas, y mucho menos a cargar con sus consecuencias. Nuestra sociedad es una sociedad de fariseos, no de publicanos. El publicano se confesaba pecador a secas, pidiendo piedad por ello.  En cambio, el fariseo se alababa por cumplir con todo lo prescripto por la Ley y se hacía ver.  El fariseo actual  se cuida constantemente para “aparecer” bueno y lo hace saber mediante  los recursos publicitarios a su alcance “creando imagen”-.

Camus (en HR) había señalado esta característica en los “dandys” o petimetres: no les importaba ser, sino “parecer”. Y buscaban siempre un público.  Siendo escritores, sus escritos eran maneras de presentarse ante el público como líderes de los mejores programas o propuestas.  No está demás remarcar que estamos ante la definición clásica de la “vanidad”, primer vicio capital. Pero también Camus señalaba que esos dandys sufrían en su interior, sintiéndose poca cosa. Y por este dolor los compadecía.

Aquí en La Caída este tipo de sufrimiento sangra por debajo de muchas declaraciones del protagonista y hace que no nos burlemos de él del todo. Al contrario. Y el que nos ofrezca “un espejo” no quiere decir entonces que sólo sea para tendernos una emboscada y burlarse él de nosotros. Gracias a la presentación artística de monólogo dramático, en espejo, puede que nos resulte una ayuda para reconocer esa  parte oscura de nosotros mismos que no nos gusta exponer, para que no la reprimamos, para que al darle cauce al dolor de reconocerla, nos alivie y  purgue. Puede ser un antídoto contra la vanidad y  el orgullo.

Ya en el HR Camus moderaba esta tentación de orgullo al hacer, no una propuesta de extremos de excelencia, sino un intento de conductas ajustadas a la verdad y con “modestia”[xvi].

En La Caída esta propuesta sale del plano teórico, abstracto, del ensayo, y penetra, por obra del arte, en el ámbito recóndito de la conciencia. Al cobrar carne y sangre, muestra su dificultad real. ¡Qué terrible es, para el que se cree impecable, escuchar de pronto esta “risa” que echa por tierra esta convicción! Lo peor es que esa “risa” no provenga de afuera sino desde adentro. Y que se repita de tanto en tanto. No hay modo de taparla. Pero, como decía, si nos entregamos a lo que nos transmite el autor en esta obra, sentimos que su descripción nos concierne y nos apela. ¿Aceptaremos este llamado de atención? ¿Moderaremos nuestros afanes vanidosos?

Igualmente funciona el episodio de la caída al agua.  Lo distinto está en que viene de afuera. Es un pedido de ayuda de un prójimo. ¿Lo acallaremos?  Si lo dejamos pasar, como el protagonista, nos hará sentir solamente avergonzados?  ¿O enfrentaremos esa falta de coraje, esa cobardía, para confesárnosla y expiarla en el dolor mismo de haber fallado?

El artista recurre a la escenografía de la ciudad brumosa con sus canales concéntricos para hacernos patente que estamos como en el Infierno de Dante cuando seguimos cavilando y dando vueltas en nuestras miserias, sin arrepentirnos ni expiar, y tratando de tender el espejo al prójimo como zancadilla.  Eso es lo que pasa en la Comedia dantesca: los del Infierno acusan a los demás; los del Purgatorio, en cambio, se han acusado y dolido y en ese dolerse consiste su expiación y purificación..

La obra muestra, o al menos sugiere,  la alternativa: o bien salir del juego acusatorio cobrando conciencia del mismo en nosotros y en nuestra sociedad; o bien continuar sumidos en “el respeto humano”, el “satanismo virtuoso” de aquellos que –dice- “no creen más que en el pecado, pero nunca en la gracia”[xvii]

En conclusión:

La Caida” después de la “révolte” no la contradice sino colabora con ella al volver al ámbito de lo concreto, sin desdecirse de la propuesta ética de la révolte, pero  mostrando sus dificultades tanto en el alma de cada uno como en la tendencia dominante del “espíritu de la época”. La tendencia a justificarse y echar las culpas a los demás impide la realización y plenificación del ser humano, personalmente y socialmente.

Inés de Cassagne

Barranquilla (Colombia), 19 de marzo de 2014

*

TEXTES À L’APPUI:

1) Después de haber meditado y escrito estas observaciones, encontré un comentario acorde,  de José-Henri Lasry, bajo el pseudónimo que utilizaba, Henri Hell, publicado en “La Table Ronde”, nº 106, de octubre 1956, es decir inmediato a la aparición de la Caída (ha sido reproducido –gracias a Guy Basset – en “Présence d’Albert Camus” nº 4-2013, pp.91-96)):

Yo traduzco:

“He aquí el libro más complejo, más sutil, más rico, de Albert Camus. […] obra de transición […]  (se prestará ) a malentendidos.” (p.91)

…….

“Bajo la enorme irrisión que empuja todo el relato, hay en él un lamento, un grito. El lamento, el grito de un hombre solitario aunque también solidario con los otros hombres. Y ese hombre no es otro que Camus. Por cierto que Clamence no es Camus. Pero en ninguno de sus escritos está tan presente Camus como en La Caída. Este relato no nos conmovería tanto si en él no se percibiese el debate íntimo del autor, que ha partido desde El Extranjero. Si la impasibilidad ha dado lugar a la irrisión, una irrisión virulenta, sigue estando el sentimiento de culpa. Camus, no solamente no se des-solidariza de la culpabilidad general, sino además: no hay libro en que él se haya comprometido con ella más que en este libro. Al mismo tiempo nos compromete a nosotros con él.

“A este libro de una violencia contenida pero eficaz, que turba al lector y lo arranca de su confort moral, el autor le da la forma exacta que le convenía. Esto es obra de maestría, la más consumada de Camus. […]  La Caída que toma tanto del ensayo, como del relato moralista, de la sátira y de la confesión, funde esos elementos diversos en un todo armonioso. De esta fusión provienen la riqueza y la fuerza de este libro. Nunca el arte de Camus se mostró más seguro y más libre. Nunca había usado antes con tanta agilidad las virtudes de su estilo: helado, hiriente, cortante, y de pronto elevándose con toda naturalidad hasta el canto. Nunca había logrado tan completamente equilibrar en una obra clásica la voluntad de orden y de unidad que lo anima y la tensión interior contra la cual no cesa de luchar.” (p.96)

2) El Père Guy Bedouelle O.P, Recteur de l’Institut Catholique (+2012), opina que el ENCUENTRO CON LOS DOMINICOS del domingo 1 de diciembre 1946 podría resumirse en la declaración del 1 de nov.1954 que figura en el Carnet VIII: “No creo en Dios y no soy ateo” (OC  IV, p.1197). Además observa cómo contribuye al arte el DOLOR :

“A C en en el Prefacio de 1951 a La Ballade de Oscar Wilde: “La grandeza del arte no reside en planear por encima de todo. Al contrario, reside en mezclarse con todo. Wilde terminó comprendiéndolo gracias al DOLOR”  (Cahier VII, p.1110) (Pr., p.76)[xviii]

En Carnet VIII, “me entristece haber hecho mal con uno de mis libros, cuando siempre he pensado que el ARTE no es nada si finalmente no hace bien y no ayuda”. (p.1326)

  1. c) Entrevista de Gaëtan Picon (1949)

– ¿el “ABSURDO”?

-responde Camus_ –Es decir, el sinsentido, por la desaparición de Dios, ha explotado en el mundo. Pero más allá del absurdo reconocido, hay que fundar la posibilidad de una actitud moral.”  (id.p., 9)

“En la libertad, la justicia: busco los razonamientos que me permitirán justificarlas

“Yo no creo que pueda demostrarse cualquier cosa” (p.9)

  1. d) entrevista con Gabriel D’Aubarède, « Les Nouvelles littéraires», 10/5/1951

“Esta palabra “absurdo” ha tenido mala suerte, y confieso que esto ha llegado a irritarme..

Cuando yo analizaba el sentimiento del absurdo en el Mito de Sísifo, estaba buscando un método y no una doctrina. Yo practicaba la duda metódica. Buscaba hacer “tabla rasa” a partir de la cual se puede comenzar a construir.

Si se postula que nada tiene sentido, entonces hay que concluir que el mundo es absurdo. Pero es que nada tiene sentido? Yo nunca pensé que uno pudiera quedarse en esa posición. Ya cuando escribía el Mito,  estaba pensando en la révolte que escribiría después, en la que intentaría […] describir las diversas actitudes del Homme révolté.— (copiar p.1542-43)

En la Correspondance A.Camus-Louis Guilloux (1945-1959[xix] reaparece el valor del  dolor y su intención de dar testimonio de él:

“Es por el (dolor) que el último de los criminales conserva una relación con los humano”

En cuanto al SARCASMO: “no es forzosamente una señal de maldad,…sino de DOLOR”

p.19) :

“La única forma de no dejarse poseer por el absurdo es no sacar ventajas de él. Más vale apartarse: […] un CIERTO RENUNCIAMIENTO (la admirable frase de NEWMAN: “Admirar las cosas de este mundo en el momento en que se renuncia a ellas!”

(Carta 9/3/43 de A.C. a Jean Grenier, (AC-JG. 1932-1960, Paris, Gallimard, 1981, p.89)

“Donde falta la ADMIRACIÓN, la obra y el corazón quedan mancas”

“Là où l’admiration manque, l’oeuvre et le coeur sont infirmes”

(Correspondance Albert Camus–Martin du Gard, 1946-1959, Paris, Gallimard, 2007, p.242)

Notas

[i] L’Homme Révolté, ensayo publicado en 1951. Albert Camus : 1913-1960.

[ii] OC IV, p. 70, Introduction : “Dos siglos de révolte, metafísica o históricas, se ofrecen a nuestra reflexión”,

[iii] OC IV, pp. 71-72

[iv] « Yo me rebelo, luego nosotros somos »

[v] « hueco cerrado” : es una referencia a la obra teatral de J-P. Sartre “Huis clos”, traducido “A puertas cerradas”, y que expone ese punto de vista de la incomprensión a causa de la negación de una común naturaleza humana –ya que para Sartre no la hay, según él el hombre existe y es “pura libertad”.

[vi] Correspondence A.Camus-Jean Grenier, p.89

[vii] OC IV, p.78, texto completo: “La actualidad del problema de la révolte se debe sólo al hecho que sociedades enteras han querido hoy tomar distancia con respecto a lo sacro. Nosotros vivimos en una historia desconsagrada.[…] Es nuestra realidad histórica. Amenos de evadirnos de la realidad, hemos de encontrar en ella nuestros valores. ¿Se puede, lejos de lo sacro y sus valores absolutos, encontrar la regla de conducta? Tal es la pregunta planteada por la révolte.”

[viii] OC IV, p. 310

[ix] OC IV, p. 305 (V.La pensée de midi)

[x] OC IV, p. 305-306  (V.La pensée de midi)

[xi] AC, ed. de Roger Quilliot, Théâtre-Récits-Nouvelles ,  Pléiade, Galimard, 1962 :  « Prière d’insérer » para La Chute, p.2015

[xii] op.cit, T-R-N, p.1864

[xiii] op.cit, T-R-N, p.1880

[xiv] op.cit, T-R-N, p.1864

[xv] op.cit, T-R-N, p.2015

[xvi] Fórmula coincidente con la moral clásica en la que hacer el bien es “cum rationem esse”, o sea, ser según la verdad.

[xvii] OC IV, p.759

[xviii] Observación sobre PROMETEO, de Carlo Del Grande, en Hybris, colpa e castigo nelle espressione poetica…della Grecia Antica, Napoli, R.Ricciardi ed, 1947, p. 31. Refiriéndose al MITO de los TITANES (Tifón, Menetio, Cronos y  PROMETEO  en la Teogonía de Hesíodo) dice que, mientras los otros fueron arrojados directamente al Tártaro, en cambio PROMETEO, atado a  la columna y sometido al castigo del águila que le roe el hígado, así a través del sufrimiento llega a la conciencia de su pecado (la HYBRIS) y así es liberado finalmente por Zeus por medio de su hijo Hércules. (Observo: se comprende así al PURGATORIO)

[xix] Gallimard, Paris, 2013

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