Reflexiones sobre sus ensayos líricos. Concepto clásico de su obra: atención
a los valores esenciales del hombre, búsqueda del equilibrio, de la verdad y
de la belleza.
La contemplación como actitud previa a todo movimiento activo.
Su gusto por la luz y la contemplación no le impidió comprometerse a fondo
con la aventura de los hombres. Naturaleza e historia.
Albert Camus concreta en su obra un concepto clásico del arte. La atención que en ella dedica a los valores esenciales y permanentes del hombre, su búsqueda de equilibrio y su intención de verdad y belleza, lo colocan en la línea de esos antecesores que él admiraba: los clásicos griegos y franceses ante todo, pero asimismo los españoles del Siglo de Oro –Cervantes, Lope, Calderón–, los novelistas rusos del siglo XIX y algunos americanos como Melville y Faulkner.
Sin embargo, si Camus es un clásico del siglo XX, no lo es por haber imitado servilmente a esos modelos, sino por afinidad con ellos. Camus es clásico por ser actual: por referirse al tema que no cambia ni con las vicisitudes históricas ni las vigencias culturales.
No lo repite, vuelve a descubrirlo. Hay una fuente a la que Camus vuelve constantemente y que alimenta su actividad de creador. Es la fuente de su experiencia primordial de hombre del Mediterráneo. De ella da cuenta en sus ensayos líricos, a los que considera como un “testimonio”. Dice en uno de ellos:
“Hay un tiempo para vivir y un tiempo para dar testimonio de lo vivido. También hay un tiempo para crear, lo que no es ya tan natural… Me basta por ahora vivir con todo mi cuerpo y testimoniar de ello con todo mi corazón: la obra de arte vendrá después…”.
Encuentro y limitación
La experiencia de Camus en su mediterránea Argelia natal podría resumirse en una palabra: “ver”, ver contemplativo que paradojal pero realísticamente enlaza dos aspectos de esa aprehensión básica: el “encuentro” y la “limitación”.
Los ensayos líricos en los que Camus vuelca esa experiencia primordial son El Revés y el Derecho (1937), Bodas(1939) y El Verano (1954, que reúne escritos desde 1939 a 1953). El mismo se encargó de señalar en el último esa fidelidad suya a un tema único, que llama “solar”. En cuanto al valor que le otorgaba a esa experiencia, está dicho en el prólogo que escribió en 1956 al reeditar el primero de ellos:
“Cada artista–dice-guarda en el fondo de sí mismo una fuente única que alimenta durante toda su vida lo que es y lo que dice… Si, al menos sé esto, que una obra de hombre no es otra cosa que ese largo camino para reencontrar por los desvíos del arte las dos o tres imágenes simples y grandes a las que por primera vez se abrió el corazón”
Y continúa:
“Para ser edificada, la obra de arte debe servirse primero de esas fuerzas oscuras del alma. Pero no sin canalizarlas, rodearlas de diques, para que su ola suba también. Mis diques, hoy todavía(¡y habla casi en vísperas de su fin!)son quizás demasiado altos. De allí a veces esa rigidez… El día en que establezca el equilibrio entre lo que soy y lo que digo, ese día quizás… podré construir la obra grande que sueño. Lo que he querido decir aquí es que se parecerá a “El revés y el derecho” de una u otra manera, y que hablará de una cierta forma de amor.” (II, p.13)
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Nótese desde ahora: Camus formula su aspiración artística de un modo clásico. Habla de un “equilibrio” a conseguir entre obra y vida, entre expresión y vivencia básica del escritor. Pero, ¿cuáles son esas dos o tres imágenes simples y grandes a las cuales por primera vez se abrió el corazón”? ¿Cuál es esa “forma de amor” a la que se refiere?
Ya el título –El revés y el derecho– sugiere que se trata de imágenes contrastantes aunque referidas a una sola realidad; el amor es a ésta. Todo lo cual se aclara a través de los capítulos de la obra.
Uno de ello, “Entre Sí y No”, refiere dos experiencias paralelas de retorno: un emigrante vuelve a su patria –el Mediterráneo- y vuelve a su madre. En las dos hay un derecho y un revés, un sí y un no. Frente al mar es la “emoción pura” de “un instante suspendido en la eternidad”. El momento pasajero con su premonición de muerte lo comunica, sin embargo, con algo eterno: es el “ruido del mar” y, con él, el suspiro del mundo que le “trae la indiferencia y la tranquilidad de lo que no muere.” El alma sabe que allí está su “reino” (no en el “ruido” de las ciudades, símbolo para Camus de “exilio”). En cuanto a su madre: su habitación es como “un gran jardín de silencio”. “Callándose –observa- la situación se aclara. El es su hijo, ella es su madre.” Las dos imágenes se unifican . Los dos “instantes” son “un intervalo entre sí y no”, un intervalo transparente y significativo. Allí “todo se simplifica” y se captan, juntas, las dos caras de la vida: lo que ella tiene de perenne y saciante, y lo que tiene de fugaz y decepcionante.
La experiencia se parece a la que expresó el Renacimiento: la que ha dado en llamarse “carpe diem” con palabras de Horacio. Justamente el joven Camus la renueva en Italia –otro lugar mediterráneo, y además cargado de sugerencias del pasado clásico-. La “belleza ardiente” de su paisaje es, como el mar, como su madre, “indiferente” al hecho de la muerte a la que el hombre está destinado. A Camus le basta que lo eterno le sea dado así, le basta alcanzar la plenitud en “el instante que se desliza entre los dedos.” “En esta hora –afirma- todo mi reino es de este mundo.” Lo toma como es, con su revés y su derecho: “Entre este derecho y este revés no quiero elegir.” Para no traicionar este amor –para no idealizarlo románticamente, ni despreciarlo- hay que “mantener los ojos abiertos a la luz como a la muerte.” (II, 47-9)
Aquí se revela ya cuál es la experiencia de Camus: es experiencia de encuentro y de contacto –de amor- que incluye la aceptación de lo pasajero, de lo precario, de la muerte. Es valoración de lo que el mundo le brinda –luz, plenitud, éxtasis- sin forzar lo que no puede alcanzar. Es experiencia realista por los dos lados: por el del objeto que se aprehende y se valora tal cual es, y por el del sujeto que se reconoce limitado a pesar de su aspiración de infinito.
Esta experiencia de lo atrayente del mundo –su “belleza”- y la del “límite” que al hombre se le impone- la “medida” humana- es fundamental para comprender el pensamiento de Camus, que ya se va elaborando desde aquí hasta expresarse cabalmente en El Hombre Rebelde. Y es decisiva para entender su concepto de arte.
Valores objetivos
Bodas es el otro ensayo juvenil revelador. Vuelve a decir líricamente su encuentro con este mundo; y además la decisión de casarse con él y serle fiel sólo a él. La vivencia no tiene nada de romántica. Al contrario: predomina lo objetivo y el atenerse a “lo otro” sin proyección subjetiva de ninguna especie. Lo principal es “ver”, “percibir”, convertirse uno en instrumento traslúcido de captación:
“¡Cuántas horas pasadas en aplastar los absintos, en acariciar las ruinas–es en Tipasa-, en acordar mi respiración con los suspiros tumultuosos del mundo!”.
Hay “acuerdo” –consonancia de corazón a corazón-entre el mundo y el hombre; y al él se llega desde una actitud de atención, de sumisión al ser, sin querer ni omitir ni agregar nada:
“Yo describo y digo: ‘Esto es rojo, esto es azul, esto es verde. Este es el mar, las montañas, las flores’…Ver, ver en esta tierra, ¿cómo olvidar la lección?”
Es el ver el que provoca el amor y el deseo de unirse con lo amado:
“Yo sé que nunca me aproximaré lo bastante al mundo. Necesito estar desnudo y luego sumergirme en el mar, aún perfumado por las esencias de la tierra, lavar éstas en aquel y anudar sobre mi piel el lazo por el cual suspiran, labio a labio, desde hace tanto, la tierra y el mar.”
La unión no obnubila sino que produce el conocimiento de “lo otro” y de sí mismo; es unión con distinción:
“Al entrar en el agua es el sobre cogerse, el subir de algo viscoso frío y opaco; después el zambullirse, el zumbido de las orejas, la nariz que corre y la boca amarga; el nadar; al salir del mar, los brazos barnizados de agua para dorarse al sol…”
Nada más alejado que esto de una vivencia de fusión dionisíaca de pérdida de límites. Se describe una conquista y una posesión de lo amado de “tú a tú”, que “deja intacto” a cada cual: “Yo no abandono nada de mí mismo.” Es más: el descubrimiento de esa otra realidad saciante, por ser saciante, hace reconocer la aspiración del hombre y, con ella, algo esencial a su naturaleza. Lo que afirmará luego en El Hombre Rebelde–“existe una naturaleza humana”, una “medida común a todos los hombres”- proviene en parte de esta experiencia profunda y es del sentimiento de “coincidir”, en ella, con lo que se es:
“Es precisamente lo que yo sentía: haber representado bien mi papel. Había hecho mi oficio de hombre; y el haber conocido el gozo a lo largo de un día no me parecía un éxito excepcional, sino el cumplimiento emocionado de mi condición.”
La “condición humana” es definida en relación con la “contemplación”: visión gozosa de lo amado, en reciprocidad de entrega y recepción. Y ya el joven Camus es consciente de que está reiterando en ella la actividad que los griegos ponían en la cima de lo asequible al ser humano: “theoría” admirativa (perdóneme la reiteración el que lee griego) con alcance religioso: “En los misterios en Eleusis –dice- (también) bastaba contemplar.”
Las “bodas” que describe Camus son contemplativas. En ellas se cumple lo que corresponde a todo hombre por naturaleza, algo que le estaba deparado y que sólo allí le es dado descubrir. Camus insiste en que se trata de un “coincidir” con la propuesta ideal que trae consigo el ser humano. Compara el sentimiento vivido con el del actor que “hace coincidir sus gestos y los del personaje ideal que encarna.” En este caso es la esencia de hombre; que se “anticipa” a su existencia:
“…en el sentido más preciso… (es como) haber entrado de algún modo en un dibujo hecho por anticipado y que de golpe se hace vivir y latir con el propio corazón.”
Lo individual pasa aquí a segundo plano para darle lugar a la revelación de lo esencial. Camus dice hablar como “testigo”, y no sólo de su experiencia personal, sino de la que “comparte con toda una raza”, privilegiada por cierto, por poder realizarla. Despojada de artificio, abierta a la luz, la raza “mediterránea” desde siempre pudo percatarse de ese “acuerdo” entre cada cual y el mundo y que “hace nacer el amor”. (II, p. 55-60).
El resultado de estas “bodas” es una doble valoración objetiva. Por un lado se percibe lo atractivo y saciante del mundo: su “belleza”; por otro, se toma conciencia de lo medular del hombre: su “esencia”, su “naturaleza”. Camus afirmará siempre estos dos valores (y no meros conceptos): “belleza”y “naturaleza humana”. Más tarde, frente a las ideologías que los desconocen o desprecian, dirá del “hombre rebelde” que éste, “al mismo tiempo que afirma el valor, la dignidad común a todos, reivindica… una parte intacta de lo real cuyo nombre es la belleza”. (II, p. 679)
Pero la fuente de estas afirmaciones –básicas para entender su concepto del arte- se halla en esta experiencia primaria de visión, contacto, unión y felicidad. Y esto es lo mismo que decir que se trata de una auténtica experiencia mística natural. Es mística en cuanto llega al núcleo secreto del ser; y es mística hasta en los pasos que comporta: iluminación, despojo, unión con conocimiento, felicidad.
Y no es la única descripta por Camus. Muchos años más tarde volverá a hacerlo, ya no con el lirismo del “testimonio” sino con las galas del arte –pero con las mismas características- en uno de los relatos de El exilio y el Reino: La Mujer Adúltera. Entonces, después de haber conocido lo que es “el exilio” –la vida de las grandes ciudades, incapaz de saciar a quién ha conocido la gran luz del mundo, la luz real en el Mediterráneo-, afirmará con más fuerzas todavía cuál es “el reino”: ese mundo despojado y prístino que cada día se renueva ofreciendo al hombre su secreto de origen y su valor intacto de belleza. La “mujer adúltera” llega a serlo paradojalmente. Después de veinte años de dejarse llevar, por temor a la soledad, por un hábito de cohabitación sin amor, arriba con su marido en viaje de negocios a un oasis del desierto. Allí encuentra la oportunidad de su vida: descubre “el reino”, “que siempre le había sido prometido” pero que “nunca sería suyo sino en ese momento fugitivo.” Pocas horas bastan para que madure su decisión de entregarse a ese absoluto plenificante que es el cielo estrellado de la noche del desierto. Tras la primera iluminación, que la mueve a purgarse despojándose de lo pasado, se eleva hacia el contacto de amor con la realidad saciante. Esa entrega es encuentro consigo mismo y con la patria original.
Opción limitativa
Sin embargo, esta experiencia mística descripta por Camus no rebasa el límite de lo terrenal. Esto es característico en él: “Qué me importa la eternidad…” –dice en Bodas. Y es curioso: por fidelidad a esta visión suya que se realiza “acá” rechaza entonces pensar en “más allá”.
“No me gusta creer que la muerte se abre sobre otra vida. Ella es para mí una puerta cerrada…” (II,p. 163)
Como se ve, se trata de una opción consciente –o “lúcida”, dicho con su palabra-. Para él, ir más allá es pretensión, es excederse de la “medida” humana, es “romanticismo”. Así, le otorga a la belleza otra cara, negra y desesperante para el hombre. Por adhesión a lo que ve y le atrae- y que se le da de una manera fugaz- “se defiende…de los juegos de la esperanza”. No deja de ser paradojal esta reticencia, aunque es comprensible hasta cierto punto según su explicación: el contacto con lo eterno tiene lugar en el instante pasajero, y esto hay que aceptarlo. Es cierto para la vivencia en condición temporal; pero no se ve tan bien el que esto sea incompatible con otra posibilidad de eternidad cumplida, de la cual el momento fugaz sería precisamente el atisbo.
De todos modos, hay que respetar la vivencia que Camus expresa en Bodas– y que parece anterior a su opción limitativa-. Dice allí:
“Jamás he sentido tanto el desasimiento de mí mismo, a la vez que mi presencia al mundo. Si, estoy presente. Y lo que me impresiona en este momento es que no puedo ir más lejos. Como un hombre preso a perpetuidad y al que todo le es presente.” (II, p.62)
Poco después de este testimonio, Camus elabora artísticamente la misma vivencia en su novela El Extranjero. En la primera parte muestra la adhesión del personaje a las cosas elementales en las que ha quedado resguardado el valor primigenio del ser y a seres simples que de alguna manera comulgan con él en esa apreciación, extranjeros como él a lo artificioso. Su mismo nombre, Mersault, resume lo esencial: mer-sol. Luego, condenado a muerte –no tanto por asesinato sino por haberse salido de los cauces consagrados por la vida social-, rescata finalmente en la prisión esa vivencia de comunión plena con lo auténticamente valioso de la vida (incluyendo a su madre). Comunión plena aunque consciente de su limitación, sin salida a un más allá:
“Qué me importa la eternidad”–vuelve a repetir aquí el preso-. “Purgado de mal vaciado de esperanza (ilusoria), ante ese cielo cargado de signos y de estrellas, me abría… a la tierna indiferencia del mundo…, lo sentía tan semejante a mí, tan fraternal”; y así “sentía que había sido feliz, que lo era todavía.” (1, p. 1211)
Es el mismo testimonio y la misma opción de El Revés y el Derecho y de Bodas. En ésta declara que “la verdad a la medida del hombre” es que “no hay eternidad fuera de la curva de los días”; y que no hay que “trampear”. En este mundo que es como un desierto- en cuanto “desertado por los dioses”- las bodas son posibles para “aquellos que son capaces de vivir en él sin engañar nunca su sed.” Para los que se acomodan a esas dos caras de la vida, aceptando equilibrar “goce” y “ascesis”, el desierto –sigue diciendo Camus- “se puebla de las aguas vivas de la felicidad.” (II, p. 87-88)
Esta es la experiencia básica de Camus: plenitud en lo limitado. Y su respuesta es de consentimiento. Vale la pena vivir así, nutriéndose del valor de lo que es, aún con la lucidez de perderlo con la muerte. Y vale la pena crear pues, como dirá en “El Hombre Rebelde”, al artista le ha sido dado reconocer la belleza y, en ella, la “promesa” de “una trascendencia viviente que hace amar y preferir a cualquier otro, este mundo mortal y limitado.”El arte, para él, responde a esa promesa: “intenta dar su forma a un valor que huye en el devenir perpetuo”(II, p. 662); trata de lograr una imagen perfecta de este mundo en que su valor resplandezca y se perpetúe.
El secreto
Con los años, esta experiencia básica se va profundizando. Camus no es de aquellos que se inmovilizan en una posición. Al contrario. En su tercer ensayo lírico, El Verano, se pueden apreciar los hitos de una trayectoria fiel a aquellas primeras “bodas” pero que asimismo, va calando cada vez más hondo en su significado. Publicado en 1954, sus capítulos fueron escritos a lo largo de esos años posteriores a su partida de Argelia y recogen, por ello, los nuevos aportes de su experiencia europea de guerra y de posguerra. Vuelven las imágenes esenciales del Mediterráneo: el desierto, el sol, el mar; pero desde una perspectiva cultural e histórica.
El desierto, además de ser lugar privilegiado de soledad donde el hombre se encuentra consigo mismo y con la esencia de lo que existe, se convierte ahora en punto de mira necesario para comprender a los hombres. Desde esa distancia se los aprecia debidamente y se recobran las fuerzas para servirlos mejor. Despunta ese tema tan caro a Camus: que la “soledad” y la “solidaridad” se equilibran y se complementan.
La luz del sol, comparada con la luz artificial de las ciudades, se le vuelve imagen de un bien absoluto, del que toda otra luz no es sino reflejo. El viejo mito de la caverna de la “República” de Platón le sirve para expresar esa vivencia de contraste y para confirmar su aspiración:
“París es una admirable caverna, y sus hombres, viendo agitarse sus propias formas sobre la pared del fondo, las toman por única realidad.
… Pero nosotros hemos aprendido, lejos de París, que hay una luz a nuestra espalda, y que debemos darnos vuelta arrojando nuestras cadenas para mirarla de frente, y que nuestra tarea, antes de morir es tratar, a través de nuestras palabras, de nombrarla.” (II, p. 866)
Aquí no sólo hay experiencia de una realidad que trasciende a las apariencias, realidad luminosa que es fuente de visión y conocimiento, sino también expresión de confianza en la capacidad humana de captarla, aunque sea en forma insuficiente. Esto es comprensible puesto que el ojo y la inteligencia son limitados. La luz del sol supera su capacidad: deslumbra y hasta enceguece. Esto es tema de Camus desde El Extranjero. Pero lo nuevo, aquí, es lo positivo: la decisión de “darse vuelta para mirarla de frente” y el optimismo en cuanto a la posibilidad de revelación de la palabra. Hay que relacionar asimismo estas afirmaciones positivas con las de “El Hombre Rebelde”. Cuando escribió estas reflexiones del capítulo “El enigma”, en 1950, estaba elaborando aquel ensayo. No es de extrañar, entonces, que hasta las imágenes se repitan en uno y en otro, como ésta de “darse vuelta”, que es la que caracteriza al “rebelde” de Camus: “révolté”, el que se da vuelta, “arrojando las cadenas” de la vida apariencial y artificiosa, tanto para mostrar su auténtico rostro de hombre como para mirar a la luz suprema que alumbra el sentido y el valor de todas las cosas. Con todo, este optimismo de Camus es siempre realista; nunca se permite ilusiones. Y esto también está dicho en “El Verano”: que la luz del sol puede llagar a parecer “negra”. Y no porque en sí lo sea, sino porque es “inagotable”. Es un “enigma” que el hombre nunca llegará a penetrar del todo. Evidentemente, esto es reconocer una vez más su límite: la otra cara del sol queda oculta para él, es una faz sombría.
En cuanto al mar: sucede con él lo mismo que con la luz. Brilla en la superficie y alegra, pero su oscuridad insondable es símbolo de lo “secreto”, del “misterio” ínsito en el ser de las cosas. Mientras Camus describe a las ciudades como “pozos de piedra y de acero”, al mar lo muestra como manantial ilimitado que condice con la ilimitada sed del hombre. El mar “nos lava y nos sacia”, atrae y llama: “Cada ola es una promesa”. ¿Promesa de qué? De bodas definitivas y regias: “El mar es tálamo principesco” –dice- y “la corona está en el fondo de las aguas”. “Dejarse hundir” es muerte, sin duda, pero a través de ella se entrevé ahora una revelación y una plenitud:
“Llega así un día –continúa- que lo cumple todo… ¿Cumplir qué? Desde siempre, me lo callo a mí mismo.”
Aparece aquí una vivencia que va más lejos que la de sus “primeras bodas”. Es una vivencia más profunda, religiosa: luminosa, oscura, saciante y enigmática. Camus, que en 1956 (en ocasión de poner en escena el “Réquiem para un Monja” de Faulkner) declaró “no creer en Dios” (el de la fe cristiana) pero “no ser ateo sin embargo” y “encontrar en la irreligión algo de vulgar y hasta de gastado” (II, p. 1881), muestra ya aquí su percepción de lo divino en el origen y en el fin:
“El mar me precede y me sigue…”.
Siendo leal consigo mismo, confiesa no haber llegado a aquella fe, y, con la misma lealtad, su vivencia religiosa:
“¡Gran mar– exclama-, siempre trabajada, siempre virgen, mi religión junto con la noche!”
Así, el “límite” de la condición humana, que él reconoce y acepta, no contradice la existencia de “lo infinito”. “Cada ola”, así como la belleza del mundo, le renueva esa “promesa”. El mismo, en este bello capítulo lírico de 1953, El Mar bien de cerca, se describe “esperando”, “esperando durante largo tiempo”, “esperando todavía…” y contestando, a quien lo apura a decir quién es él: “Nada aún, nada aún…”
Búsqueda y espera incesantes
Es necesario “no simplificar”. Sería contrario al espíritu de Camus el querer encasillarlo en una fórmula o en un momento dado de su itinerario. En uno de los capítulos de El Verano protesta contra esa pretensión y se defiende de ella. Frente “al diluvio de palabras y juicios apresurados y frívolos”, frente a “imágenes que periodistas apurados dan del escritor”, confiesa:
“No sé bien lo que busco, lo nombro con prudencia, me desdigo, me repito, avanzo y retrocedo. Me ordenan dar las palabras, o la palabra, de una vez por todas. Entonces me encabrito…” (II, p. 861)
Lo dice con cansancio y con poca esperanza: “Entonces hay que resignarse…” (id). Pero no se resigna. Allí (y en otras ocasiones) niega ser un escritor del absurdo o de la desesperación. Ciertamente esto no debería ni decirse después de sus ensayos líricos. En cambio, lo que sí reconoce Camus, es ser un escritor “trágico”. Puntualiza “lo trágico debería ser un gran puntapié a la desgracia.” (I, p. 1793)
Sucede que en nuestro tiempo se concibe lo trágico como sinónimo de “desesperante”. Pero así no se entendía primitivamente. Camus, que se dice heredero de los griegos, fraternal con ellos por su experiencia “solar”, recalca el verdadero significado de lo trágico: asumir las polaridades entre las cuales se desenvuelve la vida humana; las experiencias del límite y la infinitud, de la saciedad y la frustración, de la confianza y la zozobra. Subraya en su“Discurso de Atenas” que las palabras clave de la tragedia son “Está bien que así sea”. Son palabras de conformidad al orden de la realidad.
Como testimonio de su íntima vinculación con la tragedia antigua dice:
“Esquilo puede a veces ser desesperante, pero siempre brilla y calienta. En el centro de su universo lo que encontramos no es el magro sin sentido sino el enigma; es decir: un sentido que desciframos mal porque enceguece. Y del mismo modo, a los hijos indignos pero obstinadamente fieles que sobreviven todavía en este siglo descarnado, la quemadura de la historia puede parecerles insoportable, pero la soportan finalmente porque quieren comprenderla. En el centro de mi obra, aunque parezca negra, brilla un sol inagotable, el mismo que hoy grita a través de la llanura y las colinas.” (II, p. 866)
Esta declaración remite al otro aspecto de la realidad que Camus encara: el histórico. Hay que referirse a él para tener una visión completa de su pensamiento y de su teoría del arte. Por ahora dejo la cita como resumen del primer aspecto: la fuente de su experiencia. Fiel a ella, pero no fijo en ella, Camus fue avanzando y buscando ahondar más y más en su sentido. No nos es lícito ni siquiera después de su muerte encuadrarlo en un esquema rígido. Conformarse a su espíritu de indagador de la verdad es respetar esa búsqueda y esa espera suyas que quedaron abiertas:
“Espero. Espero durante largo tiempo… Espero todavía. Viene un día, por fin…”
II
Contemplación e inserción en la historia
( asterisco: publicado en Ideas/Imágenes, suplemento cultural de “La Nueva Provincia” Nº 138, Bahía Blanca, marzo 1983)
El gusto por la luz y la contemplación no le impidió a Camus comprometerse a fondo en la aventura de los hombres. Asumió la historia que le tocó vivir, y siempre con la mirada penetrante del contemplativo. Si hay algo que lo caracteriza es abarcar la realidad completa: naturaleza e historia. Y si algo encuentra errado en la actitud de la época es “que quiere transfigurar al mundo antes de haberlo agotado, ordenarlo antes de haberlo comprendido” (II, pág. 856). Así, la actitud contemplativa es para Camus la actitud indispensable, previa a cualquier movimiento activo, pues es ella la que lo orienta y da sentido y eficacia. La contemplación solitaria es condición “sine qua non” de la acción solidaria.
No excluir nada
En uno de los pasajes más apasionadamente contemplativos de sus ensayos líricos se encuentra una declaración que resume este punto de vista. Se trata del capítulo Retorno a Tipasa, de El Verano. En él describe nada menos que su reencuentro con el paisaje del que se nutrió su infancia, del que dice:
“educado primero en el espectáculo de la belleza que era mi única riqueza, había comenzado por la plenitud.”
Y agrega:
“después vinieron los alambres de púas, es decir, las tiranías, la guerra, las policías, el tiempo de la revuelta” (II, pág. 870)
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Habiendo regresado a ese paisaje argelino, tras saciarse una vez más en ese desierto lleno de luz, celebrar en él la reiteración de sus “bodas” con el mundo prístino del Mediterráneo, tocar las raíces del origen y sumergirse en el manantial inagotable para renovar su vínculo con lo que no cambia y siempre brota y sigue manando, hace esta confesión:
“Me fui de nuevo de Tipasa, volví a Europa y a sus luchas. Mas el recuerdo de esta jornada me sostiene aún y me ayuda a acoger con un corazón ecuánime lo que trasporta y lo que abruma. En la hora difícil en que estamos, ¿qué otra cosa puedo desear más que no excluir nada y aprender a trenzar con hilo blanco e hilo negro una misma cuerda que se estira como para romperse? En todo lo que he dicho o hecho hasta ahora me parece reconocer esas dos fuerzas, aún cuando se contrarían. No he podido renegar de la luz en que nací y, sin embargo, no he querido rechazar las servidumbres de este tiempo. Sería demasiado fácil oponer aquí al dulce nombre de Tipasa otros nombres más sonoros y más crueles: para los hombres de hoy hay un camino interior que conozco bien por haberlo yo recorrido en los dos sentidos: el que va desde las colinas del espíritu a las capitales del crimen. Pero si se renuncia a una parte de lo que es, hay que renunciar a ser, renunciar a vivir y a amar. Se da entonces una voluntad de vivir sin renunciar a nada de la vida, que es la que yo aprecio más en este mundo. En verdad que querría haberla ejercido yo, al menos de tanto en tanto. Puesto que pocas épocas requieren tanto como la nuestra que uno se avenga a lo mejor como a lo peor, me gustaría, justamente, no eludir nada y conservar exacta una doble memoria. Sí, está la belleza y están los humillados. Sean cuales sean las dificultades, querría no ser infiel jamás ni a la una ni a los otros” (II, págs. 872-3)
“No excluir nada, no olvidar nada”, he aquí el programa de vida de Camus. Esta única intención lo caracteriza y da, también, unidad a su obra escrita: teatral, novelesca, ensayística, crítica. Pero tal unidad se construye con ambivalencias y requiere, por lo tanto, un cuidadoso equilibrio. ¡Tantas veces habla Camus de ese equilibrio difícil! Lo encuentra primero en la naturaleza misma: “La meditación de su ejemplo –dice refiriéndose a los almendros- me enseña.” ¿Qué aprende de esos árboles? El someterse a las leyes de las estaciones, que incluyen promesa y ocultamiento. Crecer, para el hombre como para la sociedad, exige obediencia y coraje. Contemplar el crecimiento vegetal es estimulante: muestra que hay en la existencia fuerzas positivas que empujan a la fecundidad, y fuerzas negativas a las que se debe resistir para llegar a la plenitud de la fecundidad; así los almendros que sin esfuerzo –por sólo obra de la savia que empuja desde adentro- se recubrieron de flores blancas, luego, todavía frágiles, deben “resistir a todas las lluvias y al viento del mar”. Así esos “lugares plenos de fuerzas intactas” enseñan cómo “la contemplación y el coraje pueden equilibrarse” (II, pág. 836).
Los Griegos
La segunda escuela de equilibrio, para Camus, la constituyen los Griegos.
“Los mitos –dice, hablando del de Prometeo- no tienen vida por sí mismos: esperan que los encarnemos.” ¿Y qué significaría volver a encarnar hoy en día el mito de Prometeo? Nada menos que realizar lo que este benefactor de los hombres quiso: procurarles tanto los instrumentos para el progreso material como el ámbito interior que hace posible guiarlos y darles una forma humana. Prometeo trae el fuego para la libertad; por eso enseña no sólo las técnicas sino las artes: “Piensa que se puede liberar al mismo tiempo los cuerpos y las almas”. Esta enseñanza se vuelve necesaria en la hora actual cuando “el hombre cree que primero debe liberar el cuerpo, aun a costa de que el espíritu muera provisoriamente.” Se pregunta Camus: “¿Pero el espíritu puede morir provisoriamente?”. Su contestación es: no. “No se sirve nada en el hombre si no se lo sirve entero.” Y repite, para finalizar:
“Es esta admirable voluntad de no separar ni excluir la que ha reconciliado siempre y reconciliará todavía el corazón dolorido de los hombres y las primaveras del mundo” (II, págs. 841-3).
Por esto, porque los Griegos “no separaron ni excluyeron nada”, es que Camus se vuelve una y otra vez hacia ellos. Y no sólo a los viejos mitos, sino a los poetas trágicos y a los filósofos. La enseñanza de los trágicos se sintetiza, para él, en esa frase de Edipo al descubrir, al cabo, el error en que cayó: “Todo está bien, dice, y se revienta los ojos”. Y es que esta última ceguera física no es nada comparada con la ignorancia en la que había vivido hasta ese instante: “En adelante sabe, sin ver nunca más: su noche es su luz; y sobre este rostro de ojos muertos resplandece la más alta lección del universo trágico” (I, pág. 1708). Al destacar esta frase culminante de la tragedia antigua en el “Discurso de Atenas”, Camus lo hace no solamente por su valor intrínseco, sino por encontrar en ella un remedio para el mal que aqueja, según él, al hombre contemporáneo. Ese mal es “simplificar”: reducir la realidad a una parte, desconociendo las otras, y armar con esa parte una explicación que, por eso mismo, resulta manca, injusta, insatisfactoria y, en la práctica, estéril.
De allí también su recurso a la filosofía de Platón. Esta se le aparece rica frente a las filosofías actuales, pobres por parcialidad:
“Mientras Platón lo contenía todo, el sin-sentido, la razón y el mito, nuestros filósofos no contienen sino el sin-sentido o la razón puesto que han cerrado los ojos al resto. El topo medita” (II, pág. 855)
Vuelve a la misma idea: la de una ceguedad culpable, contrapuesta a la ceguera iluminada del que se abre a la gran luz del misterio. El “topo” es el ideólogo, encerrado en la armazón de la abstracción conceptual, o bien subsumido en proyecciones fantásticas o sentimientos de desesperación.
Hay un orden
Camus señala constantemente el peligro de caer en semejantes “simplificaciones”. No sólo le parecen “cómodas” sino “destructoras”, sobre todo cuando se las aplica a la realidad con la pretensión de transformarla. Cree indispensable el que se advierta, como lo advirtieron los Griegos, que hay un orden en el mundo, que hay valores rectores que anteceden a las acciones de los hombres en la historia. Al reflexionar sobre la tragedia griega, ve que en ella se enfrentan la afirmación humana y “el principio divino que se refleja en el mundo.” Y hace notar:
“El héroe niega el orden que lo golpea y el orden divino golpea porque es negado (“por error o arrogancia”, agrega). Los dos afirman así su existencia recíproca… El coro extrae la lección, que es: que hay un orden, que este orden, puede ser doloroso pero que es peor todavía no reconocer que existe”(I, págs. 1706-8).
El reconocimiento de Edipo –“Todo está bien”- lo sitúa precisamente en ese lugar de equilibrio del que antes -en su caso sin saber- se había apartado. De allí el lamento de Camus al comparar la posición de los Griegos con el estado de cosas que tiene ante sí:
“Nosotros –dice en “El Exilio de Helena”-, en nuestras demencias extremas, soñamos con un equilibrio que hemos dejado atrás, y creemos ingenuamente que vamos a encontrarlo al cabo de nuestros errores. Infantil presunción que justifica el que pueblos-niños, herederos de nuestras locuras, conduzcan hoy nuestra historia… Hemos conquistado, movido los límites, gobernado el cielo y la tierra. Nuestra razón ha hecho el vacío. Al fin solos, acabamos nuestro imperio sobre un desierto. ¿Qué imaginación tendríamos, pues, para ese equilibrio superior en el que la naturaleza balanceaba a la historia, la belleza al bien, y que ponía la música de los números hasta en la tragedia de la sangre? Nosotros le hemos dado la espalda a la naturaleza, tenemos vergüenza de la belleza. Nuestras miserables tragedias apestan a olor de oficina y la sangre que corre en ellas tiene el color de la tinta roja. He aquí que es indecente proclamar hoy en día que somos los hijos de Grecia…” (II, pág. 855).
Camus reprocha al mundo en que vive el haber desperdiciado esa herencia de los Griegos, la única, según él, capaz de “disipar la filosofía de las tinieblas” (II, pág. 857). Esta filosofía, forjada en los últimos dos siglos, es nihilista. Desconoce los valores permanentes que fundan la naturaleza humana y rigen, por tanto, la conducta de los hombres y su acción transformadora en la historia. El nihilismo filosófico engendra ideologías mesiánicas que prometen un paraíso futuro, y lo grave es que esto es a costa de lo que “es” actualmente. Camus no niega la legitimidad de la acción humana transformadora, pero piensa, como los Griegos, que ella debe ser “orientada” por los valores permanentes. En última instancia, pareciera que sólo el reconocimiento de la divinidad puede salvaguardar el resguardo y el respeto de esos valores. Dice en el mismo ensayo:
“Muerto Dios –en la filosofía-, no quedan sino la historia y el poder. Hace mucho tiempo que todo el esfuerzo de nuestros filósofos no tiene otro objeto que reemplazar la noción de naturaleza humana por la de situación, y la armonía antigua por el ímpetu desordenado del azar o el movimiento despiadado de la razón. Mientras los griegos le daban a la voluntad los límites de la razón, nosotros hemos acabado por colocar el ímpetu de la voluntad en el corazón de la razón, a partir de lo cual ésta se vuelve asesina. Los valores, para los griegos, preexistían a toda acción, a la cual, precisamente, ellos le marcaban límites. La filosofía moderna coloca sus valores al fin de la acción. Dice que ellos no son, sino que llegan a ser; y que no los conoceremos por entero sino al final de la historia. Con ello desaparece el límite y, como las concepciones acerca de lo que serían (los valores) difieren, y, como no hay lucha que, sin el freno de esos mismo valores, no se extienda indefinidamente, hoy se enfrentan los mesianismos y sus clamores se funden en el choque de los imperios. La desmesura es un incendio, según Heráclito. El incendio avanza. Nietzsche es sobrepasado. Ya no es a martillazos que Europa filosofa, sino a cañonazos…” (II, pág. 855).
Diagnóstico sombrío, por cierto, y que por desgracia parece estar vigente tantos años después de que fuera emitido. Pero con el diagnóstico, el tratamiento curativo que propugna Camus merecería ser probado. Este consistiría en volver a tomar en cuenta la realidad completa. Ella nos descubriría otra vez esencias y valores: tanto en el mundo como en el hombre mismo que quiere transformarlo en el decurso de la historia.
De este modo se evitaría la injusticia del manejo y el abuso que nacen –tal como lo repite Camus en El Hombre Rebelde– de suponer “la absoluta plasticidad de la naturaleza humana” y, con ello, “su reducción al estado de fuerza histórica” (II, pág. 651). Pero esto requeriría volver a la primacía de la actitud contemplativa: ver, antes de hacer; comprender, antes de condenar; construir en la línea de lo que “es”, antes de destruir a ciegas y arrogantemente. La nueva hybris es el orgullo de la autonomía. Es una desmesura que prende como un incendio y arrasa, bajo el nombre de “ideologías”, a cuanto se ha tenido por valedero y que se quiere hacer pasar, en cambio, por vigencia pasajera.
El rol del artista
Es notable que Camus, para hacer frente a esa avalancha destructora disimulada, bajo el disfraz de mesianismo salvífico o de progreso, confíe en el artista. “El artista –dice-, por necesidad de su naturaleza, conoce sus límites, mientras que el espíritu histórico los desconoce” (II, pág. 856). Camus explica en El Hombre Rebelde cuál es esta limitación tan necesaria. En el artista, la acción de transformar la realidad está regida por un descubrimiento previo que se da en la contemplación: lo que él intenta es rescatar “valores” que “huyen en el devenir perpetuo” y fijarlos, dándoles “su forma” (II, pág. 662). Para Camus, el arte auténtico es a la vez “rechazo y consentimiento”. Necesita rechazar lo que en la historia oculta los valores para hacerlos visibles y desarrollarlos: y esto es consentir al ser. Así, en tanto que el “espíritu histórico” se ve tentado de tomar a la realidad del mundo y del hombre como totalmente maleable, el artista, en cambio, por ser sensible a los valores, encuentra en ellos mismos el límite que no debe ser traspasado en la acción transformadora.
Es claro que Camus habla de su propia experiencia como artista, nutrida de la admiración de la belleza del mundo y del interés por el hombre y sus vicisitudes. Volvemos con ello a lo que se dijo al principio. La inclinación por la actitud contemplativa no invalidó, en Camus, su capacidad de compromiso con su época. Al contrario: fue aquella la que lo guió y lo movió al compromiso, haciéndolo lúcido y fecundo. Camus no se hizo eremita ni se encerró en una torre de marfil. Desde su juventud en Argel se sintió atraído por la sociedad de los hombres, se vinculó con los suyos y se planteó problemas que eran candentes en su momento. El mismo da testimonio de esto muchas veces.
Decía:
“Tengo un gusto muy vivo por los seres: No tengo ningún desprecio por la especie humana. Creo que podemos sentirnos orgullosos de un cierto número de hombres de este tiempo que respeto y admiro.”
Haciendo el examen de su labor de artista, agregaba:
“No entré en literatura por la imprecación o el menosprecio, como muchos, sino por la admiración.”
Insistía:
“Nunca el arte verdadero se edificó sobre el menosprecio o el odio”; esto sería “mentir” (Discurso de Suecia).
En “La Peste”, el balance de su héroe es positivo:
“Hay en los hombres muchas más cosas para admirar que para despreciar” (I, pág. 1473).
Esta actitud abierta no acaba en palabras. Es conocida su capacidad de amistad así como su participación activa en la vida social, cultural, política, periodística e institucional. Y vuelvo a destacar: Camus no se conforma con una participación cualquiera: interviene críticamente, con una lucidez de juicio capaz de orientar dichas actividades; y esto es posible gracias a su enfoque primariamente atento a la realidad.
Dra. Inés de Cassagne
(citas traducidas del francés, Oeuvres, Gallimard, 1962 y 1965)
Publicado en “Ideas/Imágenes”, suplemento cultural de “LA NUEVA PROVINCIA” – Bahía Blanca. Domingo 13 de junio de 1982.

