Inauguración de la exposición Estigmas II, del artista de la plástica Juan Suárez Blanco.

por Jorge A. Núñez Hernández

 “El sufrimiento es un agujero y a él viene la luz”

Albert Camus

En la noche del lunes 19 de octubre fue inaugurada, en el Salón Arturo Regueiro de la ciudad de Pinar del Río, la exposición Estigmas II, del artista de la plástica Juan Suárez Blanco (Artemisa, 1953). La muestra coincidió con el cumpleaños del artista y fue un oportuno preámbulo al salón 20 de octubre, la más importante convocatoria del panorama de las artes plásticas en la provincia. 

Tradicionalmente, la contemplación de una obra perteneciente a las artes plásticas precisa silencio, tanto del entorno como de la interioridad del observador (aunque algunas complejidades performáticas actuales parecen no dar mucho margen a esto), lo cual es el principio elemental para permitir que la pieza dialogue, muestre su propio verbo. Pero no es así con los estigmas de Juan Suárez. De sus cuadros emana un silencio tan denso, que casi puede tocarse, el diálogo se impone desde el puro silencio. No todos los silencios son iguales, las representaciones del artista están en este caso bajo el signo del sufrimiento, transidas por él, abiertas a las posibilidades de todas nuestras dimensiones vitales, pues a los estigmas nada humano les resulta ajeno. En una cultura mundial marcada por lo hedonista, las feas huellas en la piel no quieren ser vistas, y he aquí un artista que se atreve a romper el tejido externo y las trae a plena luz. Tampoco son gratos los cilicios, ásperos al roce, y muestra externa de los penitentes. Cuando reina el dolor, no siempre hay lugar para ropajes festivos.

El padecimiento de las gentes nunca ha sido noticia agradable a los sentidos, lo puramente estético no tiene aquí la primacía, las llagas y laceraciones son siempre cruentas, por mucho arte que se use para representarlas. No obstante, se hace sentir, como es común en la obra de Suárez, la cuidadosa factura en el logro de las texturas, de la trama de fondo, el uso selectivo de los colores opacos (únicamente el purpúreo sanguíneo, como cabe esperar, golpea la vista) y los materiales diversos, conviviendo en callado equilibrio. La dura geometría de líneas y ángulos en varias de las piezas, en especial en su homenaje a Mondrian, hace que se sienta la ausencia de las sinuosidades a lo yin yang, lo cual no da margen a los matices, y refuerza la crudeza de lo existencial, tampoco el sufrimiento es una simple ilusión de los sentidos o algo con lo que se pueda jugar sin caer en el cinismo deshumanizante. Las curvas espirales sólo aparecen para hundirse en el vertiginoso agujero negro de un alma humana, delineadas por un filoso cuchillo, pues los estigmas, lejos de quedar siempre en la superficie, en ocasiones llegan a calar nuestras obscuridades abisales. A pesar de todo, el artista no se regodea en el dolor, sabe que éste puede resultar fértil y tener sentido, e invita a nuevos renacimientos o resurrecciones, como lo demuestra la alocada competencia de células germinales para penetrar los agujeros irregulares, o la luz brotando a través del tejido desgarrado. Misteriosamente, donde abunda el dolor, sobreabunda la vida.

En lo personal, me resisto a la conceptualización de la obra de arte como un producto. No creo que una obra pueda producirse al igual que un tornillo. Los Estigmas de Juan son sin dudas el resultado de un alumbramiento del espíritu, en el culmen de la madurez creativa y vital del artista. Hay que haber vivido y sufrido (también orado y obrado), conocer el dolor en sí y en los otros para atreverse a plasmarlo y mostrarlo al mundo, junto a los instrumentos metálicos hirientes, con los que dañamos o somos dañados, por los otros o a nosotros mismos. En ellos no hay sofisticación, cualquier cosa de uso cotidiano puede causar una herida y marcar el cuerpo –y hasta el alma- de los otros, llegar al extremo de rebajarles de la condición para la que fueron originariamente creados y queridos. Las huellas impresas en la carne son consustanciales a la existencia de todos, a lo limitado de nuestra constitución, sin importar la dureza de las corazas con que intentamos protegernos, la posición social o el condicionamiento tecnológico omnipresente en la posmodernidad, y la mejor manera de asumirlas es desde una sana relación con la Trascendencia. ¿Acaso se rechaza el gozo de vivir, la alegría? No está negado en la obra del artista, pero se apunta aquí a la otra realidad, la que usualmente tendemos a ocultar. Resulta incuestionable, por demás, que debido a un patológico afán discriminatorio, todas las sociedades tienen personas estigmatizadas por motivos políticos, económicos, religiosos o de cualquier índole, y potencialmente nadie se salva de llegar a serlo en algún momento, si acaso no contamos ya con una que otra cicatriz. El artista devela aristas sin dudas inquietantes, que no reclaman más respuesta que la bondad.

No puede desdeñarse tampoco la comprensión del estigma en su forma más originaria: las marcas dolorosas que, como manifestación visible de un don divino, ha dejado en la piel de algunos hombres y mujeres santos la profunda unión de amor místico por Jesucristo y su muerte redentora en la cruz, tal como sucedió, por ejemplo, con San Francisco de Asís y Santa Rita de Casia. Y vale recordarlo para el siglo XXI, donde se enseñorea entre nosotros un cristianismo light y sin muchas complicaciones, que se espanta de la radicalidad del compromiso.

La incursión de Suárez en el expresionismo abstracto no es experimento aislado del resto de su creación, más bien se constituye en un nivel superior y más atrevido de su evolución artística, que ha mostrado capacidad de síntesis y densidad conceptual, sin abandonar un modo de hacer que le es propio, con la extraña y eficaz armonía lograda en las piezas, y en el conjunto de ellas, de tantos elementos diversos en función del mismo discurso. La tendencia a lo abstracto ya se venía anunciando en su obra anterior. Resulta notorio que lo haya hecho de manera tan lograda en una temática tan concienzudamente humana.

Esa noche, Juan Suárez se hizo un buen regalo por su onomástico, y por extensión al público pinareño. Sumó otro lauro a su ya consolidada trayectoria. Le agradecemos por habernos echado en cara esas realidades que siempre estamos tentados a pasar por alto.

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