Archivo del sitio

El Exilio en Albert Camus, caminos hacia el Reino. Resignificaciones

“El exilio en Albert Camus: caminos hacia el reino. Resignificaciones.”

Dra. Alicia Saliva

La colección de nouvelles El exilio y el reino nos ocupa hoy, y en especial la simbología del hombre exiliado y el anhelo de un reino, físico y metafísico, que entendemos adquiere nuevos significados en estos relatos de la última época de Albert Camus, apartado de la intelectualidad y extremadamente reflexivo y esencial en sus búsquedas. Como profundización, continuidad y a la vez transformación dentro de un largo recorrido, en esta etapa aparecen tonalidades nuevas que veremos a través de algunos de los cuentos de El exilio y el reino. Como se afirmaba en el título del Coloquio Internacional sobre Albert Camus, realizado en el año 2012, su pensamiento y su escritura piden siempre el derecho a evolucionar, es decir, corregir, contradecir, profundizar, alterar. Y seguro, en lo grandes aciertos, conservar.

Me detengo en la primera imagen del primer cuento de El exilio y el reino. Una mosca, una mosca flaca, insólita y extenuada, que silenciosa va de aquí para allá dentro de un colectivo. Revolotea empecinadamente, por más que los vidrios estén levantados para que ella pueda salir cuando quiera. Una mujer, Jannine, la mira ir y venir hasta que la ve posarse en las manos de su marido, quien ni se da cuenta de la mosca vacilante, preocupado en apretar fuerte e interesadamente su valijita de trabajo.

La mosca puede ser libre, los vidrios están abiertos, pero prefiere revolotear servilmente alrededor de quien prácticamente la ignora. En el siguiente párrafo se describe el alarido del viento, la arena que graniza a puñados sobre los vidrios del coche, la bruma espesa de alrededor. Pero como al pasar, una frase interrumpe la desesperanza y molestia que, como lectores, sentimos hasta el momento: Des trous de lumière s’ouvraient dans le paysage noyé de poussière (“En el paisaje ahogado en el polvo, se abrían agujeros de luz.”)

La historia de Jannine en estas páginas es la de una mujer extranjera, francesa, blanca, robusta, en un viaje de negocios de su marido por tierras desérticas de África. En el espacio árido, frío y pedregoso, precisamente en medio de ese polvo de piedra que recuerda el ahogo que ella siente en su vida de casada sin amor, se irán abriendo lugares de respiro y luminosidad.

En éste, uno de los mejores cuentos de El exilio y el reino, titulado “La mujer adúltera”, Camus comienza con esta imagen donde se resume el contenido del relato y podríamos decir, de todo este libro y de la última etapa del escritor. Ni bien abrir el volumen de las seis nouvelles que componen El exilio y el reino, Camus plantea la situación que modulará estos cuentos: el contradictorio punto de partida de unos personajes exiliados de la libertad y del aire que sin embargo anhelan, por momentos eligiendo un servilismo hacia quienes incluso los ignoran. Habrá indicios a través de la realidad, que a cada uno le llegarán de un modo particular, de un camino para “salir de las sombras, para ir al fin hacia el mar, la luz y su secreto”, en palabras de Camus. En estos cuentos los personajes estarán rodeados de realidades -el horizonte, el mar, otros hombres- que acogen y a las que se entregan, como únicos posibles caminos de regreso de ese exilio. Pero no se resolverán sino en una tensión.

Desde sus primeros escritos encontramos en Albert Camus la reflexión filosófica y la creación ficcional como indagaciones alrededor de esta condición del hombre, extranjero de un reino que le pertenece y en el que desea reencontrarse en su plenitud. Camus conoció en carne propia el exilio y creó en el siglo XX la figura emblemática del hombre extranjero, Mersault, un emigrado de la vida cuando ésta se entiende como una mera repetición de fórmulas o un decorado que llena de ritos los días.

Sin embargo, nos interesa subrayar que los significados a los que remiten estas imágenes, que Camus hereda de varias fuentes filosóficas y literarias -y que como veremos tendrán rasgos particulares motivados por las vivencias del escritor- se han ido modificando a lo largo de su obra, haciendo uso de ese derecho que Camus exigía le fuera respetado, el de evolucionar. En esta etapa final, la de los cuentos de El exilio y el reino, las preguntas, inquietudes, intuiciones que manifiesta el escritor en sus personajes con respecto a estos dos conceptos, son muy distintas que al comienzo.

En obras como Bodas o El verano, vemos un Camus inmerso en el horizonte ideal de la antigua Hélade, amante de la naturaleza y de la corporeidad, que adhiere al mundo, admira su esplendor y no concede al alma ningún reino celeste. Si hay un edén que el hombre pierde es el de este mundo presente, no el de Adán. Y lo pierde porque la creación es imperfecta, una creación que puede ser lugar del dolor del inocente. Como afirma en La Peste, para corregir esta creación imperfecta el hombre debe ser más justo que el Creador: “Debemos servir a la justicia porque nuestra condición es injusta, acrecentar la alegría y la felicidad porque este universo es infeliz.” dice el doctor Rieux. En sus Carnets de esos años, Camus describe el recorrido de sus personajes, desde El extranjero hasta La peste, como el de una santidad sin Dios, un heroísmo donde el demiurgo sea el hombre. En el reino de este mundo el hombre debe ser un demiurgo que para juzgar a Dios fuera mejor, más inocente que El.

“Cette œuvre comptera autant de formes que d’étapes sur le chemin d’une perfection sans récompense. L’Étranger est le point zéro. Id. le Mythe. La Peste est un progrès, non du zéro vers l’infini, mais vers une complexité plus profonde qui reste à définir. Le dernier point sera le saint, mais il aura sa valeur arithmétique – mesurable comme l’homme. » Carnets II, marzo 1942 – p.27

Este héroe de la santidad humana se destaca por su pensamiento meridiano, enemigo de la desmesura, amante del presente del mundo y adverso a cualquier mundo futuro, sea cristiano o marxista. Camus supo así oponerse al nihilismo revolucionario que lo rodeaba, capaz de devastar la tierra.

Pasados unos años, ya en los Carnets de los años ´50, comienza con un pensamiento que desarrollará en La caída, del año ’56. Como vimos, el hombre en revuelta puede juzgar al Divino Demiurgo sólo si es más justo que El. Pero Camus dice ahora, “ello exige una inocencia que ya no tengo”:

La fin du mouvement absurde, révolté, etc., la fin du monde contemporain par conséquent, c’est la compassion au sens premier, c’est-à-dire pour finir l’amour et la poésie. Mais cela exige une innocence que je n’ai plus.

Carnet II, Junio 1947 – p. 160

Al llegar a esta última etapa, el mundo presente que ha sido su satisfacción, también lleva en sí un peso insoportable. La beata inocencia del devenir ya no es posible a los ojos de Camus, quien advierte “el peso insoportable de este mundo, del cual, al comienzo, estaba tan satisfecho.”

En este contexto se insertan los cuentos de El exilio y el reino. Aparecido en 1957, será el último de los libros publicados por Camus en vida. En estos cuentos no encontramos el magro sin sentido sino el enigma. Los personajes atraviesan experiencias dolorosas, en las que sus fuerzas serán probadas al límite, hasta sentirse extranjeros del mundo que los rodea. Pero en cada uno de los relatos, dentro y a través de ellos, se afirma que el dolor no es un túnel negro, es un espacio donde se abren, allí mismo, agujeros de luz.

En su conjunto, son un friso completo sobre los aspectos que más interesan al hombre. Están presentes el amor, una particular experiencia mística, el trabajo, la misión, el arte, la religión, la política. Como marco espacial, va desde África hasta las tierras americanas. En cada uno de ellos hay una experiencia muy particular, de breve tiempo y espacio (un viaje, un día de trabajo, una noche con un árabe, etc) que se abre a lo universal. Como si fuera un abanico para mostrarnos que en todas las facetas del hombre se libra una lucha, un camino del exilio al reino. Lo humano debe ser recuperado, y ello no puede suceder si no existe una apertura y compenetración con toda la realidad, sin sesgarla.

Son quizá los relatos más “literarios” de Albert Camus, hay en ellos una mínima o nula presencia del pensamiento filosófico y sí la voluntad de crear infinitos niveles de significado a través del símbolo, la metáfora, o simplemente la descripción exacta y fabulosa a la vez de variados espacios, tiempos, situaciones. Predominan las imágenes que se van entrelazando en una escritura poética y exenta de retórica. Recordemos lo que dice Camus cuando defiende su condición de artista antes que de filósofo: él piensa con las palabras, no con las ideas. En otras obras de este período, como La caída, o El primer hombre, encontramos la misma actitud a favor de la palabra en su función poética. Pareciera decir Albert Camus que ante esta complejidad y riqueza de lo real, ante lo enigmático y misterioso, frente a esta exigencia y anhelo de absoluto cuya respuesta ya no puede ser solamente humana, el arte, antes que el concepto, se aproxima de manera más adecuada.

Para recorrerlos, y sólo a modo de ejemplo, elijo tres personajes que ya pertenecen a mi mundo, la adúltera Janine, el viejo tonelero Yvars y el desprejuiciado maestro de escuela rural que vive casi como un monje en unaescuela perdida en el desierto, Daru.

En Camus se encuentran numerosas descripciones del hombre desposeído, desposesión de sí y del mundo, motivo del destierro en el que el hombre se siente inmerso, como afirma en El hombre rebelde:

“En realidad, los hombres se aferran al mundo y en su inmensa mayoría no desean dejarlo. Lejos de querer siempre olvidarlo, sufren, por el contrario, porque no lo poseen bastante, extraños ciudadanos del mundo, desterrados en su propia patria. …Conocer la desembocadura, dominar el curso de la corriente, captar por fin la vida como destino, constituyen su verdadera nostalgia en lo más denso de su patria.” (El hombre rebelde, p. 242)

Desde esta misma condición de no posesión de sí, comienzan algunos personajes de El exilio y el reino, como Janine. En los relatos, esta situación de separación, de lejanía, de división, se manifiesta a través de la imagen de un presente de los protagonistas donde la juventud, la luz, el aire, el mar -todo aquello que Camus entiende como el reino de este mundo para el hombre- han quedado muy pero muy lejos, en el tiempo y en el espacio. Antes, Janine era una bella mujer, su marido la llevaba a las playas, allí, en la costa, donde los años de juventud pueden ser felices. Pero muy pronto a Marcel lo venció el esfuerzo físico, y “el pequeño automóvil ya no salía de la ciudad sino para el paseo de los domingos….no habían tenido hijos. Los años habían pasado en la penumbra que ellos conservaban con las celosías semicorridas. El verano, las playas, los paseos y hasta el cielo estaban lejos.” (p.13)

También Yvars, un magnífico personaje del cuento “Los mudos”, vive en esta lejanía de sí. Es un tonelero, ya viejo cuando comienza el cuento, que en su juventud había sido uno de los pocos que sabía cómo “ajustar casi herméticamente las duelas curvas y apretarlas al fuego y con el cincho de hierro, sin utilizar estopa, ni rafia.” Vive al lado del mar, que de joven era su única felicidad:

“Cuando tenía veinte años no se cansaba de contemplarlo; el mar le prometía un fin de semana feliz en la playa….Poco a poco había perdido la costumbre de aquellas jornadas violentas que lo reanimaban: el agua profunda y clara, el sol fuerte, las muchachas, la vida física. No había otra clase de felicidad en aquel lugar. Y esa felicidad pasaba con la juventud.”

Ahora, cansado y mayor, cuando va de su casa al trabajo en bicicleta no quiere ni siquiera mirar el mar. Al igual que a Janine, el corazón le pesa; la industria tonelera donde trabajó toda su vida ya no es floreciente, y el patrón, un buen hombre, no puede pagarles un salario digno. Los obreros comienzanuna huelga que no prospera, y todos, incluso Yvars, llegan hasta el mutismo por la humillación: “Aquella mañana, un cansancio que se parecía al peso de la derrota, el queso en lugar de la carne; no, ya no era posible la ilusión. El sol podía brillar todo lo que quisiera, pero el mar ya no le prometía nada.”

Estos personajes no evaden sus condiciones. La forma breve de las nouvellespermite focalizar en el momento en que la acción va a entrar en su fase definitiva. Ya al comenzar, cada relato nos sitúa en los estrechos límites de un cuadro que ciñe esa particular situación, que impide la huida -de los personajes y nuestra- y que incita a los protagonistas a quedarse allí enfrentando el momento decisivo.

Como dijimos, el destierro en El exilio y el reino adquiere algunas notas que van más allá del desposeimiento de un mundo presente, al que volver para satisfacerse. Estos personajes no sentirán sólo la falta de ese mundo feliz y natural del que han participado. Ellos se percatan, recortándose del resto, de una falta que no es pequeña, que ni siquiera puede circunscribirse a la falta de un amor o de un trabajo. Hay una necesidad de la que no están a salvo, y que los hará deshacer lo andado, volver a mirar el mar, internarse en la noche o dar libertad a un reo.

A Janine, en “La mujer adúltera”, el marido no le hace faltar nada, sin embargo no es eso lo que ella espera: “Si me ocurriera algo, estarías a salvo”-le dice Marcel a Jannine. Ella piensa:

“Y en efecto, hay que ponerse a salvo de la necesidad. Pero de lo demás, de lo que no es la necesidad más elemental, ¿cómo ponerse a salvo?”

Qué habría hecho, por lo demás, quedándose sola en la casa? ¡No tenía hijos! ¿No era eso lo que le faltaba? No lo sabía. (29)

En “Los mudos”, Yvars sólo mira el mar al atardecer, cuando es suave su presencia. Allí, delante de ese infinito, no sabe si es feliz o no, sólo sabe que hay en él una espera, que no se puede hacer otra cosa que esperar. Esta necesidad mayor, a la que ni siquiera saben darle nombre, los lleva a una espera también innominada, tan infinita es: “Entonces caía la suavidad de la tarde, una suavidad breve aparecía en el cielo y los vecinos que hablaban con Yvars bajaban de pronto la voz. En tales momentos él no sabía si era feliz o si tenía ganas de llorar. Por lo menos estaba seguro de que no había otra cosa que hacer sino esperar, blandamente, sin saber demasiado qué.”

También Janine espera, y no sólo volver a ser amada por su marido o tener un nuevo affaire, aún más, percibe que lo que ella espera la ha estado esperando a ella: “Pero ella no podía separar la mirada del horizonte. Allá, más al sur todavía, en aquel punto en que el cielo y la tierra se juntaban en una línea pura, allá, le parecía de pronto que algo la esperara, algo que ella había ignorado hasta ese día y que sin embargo no había dejado de faltarle.”

La constatación de una situación de necesidad no se limita a una necesidad determinada, sino que, en una dialéctica finito/infinito, se perciben anhelantesde algo que no son ellos, y que los excede por completo. Es significativo que este tomar conciencia se dé en los personajes siempre delante de espacios abiertos, como el cielo inmenso de una noche fría en Janine, o el mar al atardecer, en Yvars.

Al llegar a este punto, será decisivo el papel de la libertad, como un campo de búsqueda cernida hacia el horizonte. Sus acciones necesitan del tiempo, así como sus decisiones presuponen un marco donde se desarrolle la libertad. No serán sujetos que entran en el relato con determinaciones inamovibles, o grandes solucionadores de conflictos. Tanto es así que todos los finales de estos cuentos quedan abiertos, exponiendo con fuerza la complejidad de la vida.

Janine, después de veinte años de costumbre, e incluso si quienes la rodean no deciden moverse de la comodidad, toma una decisión que nace de “aguzar el oído a una llamada”:

Le dolía el corazón, descubría de repente que se ahogaba bajo un peso inmenso que arrastraba desde hacía veinte años, un peso bajo el cual se debatía ahora con todas sus fuerzas. Quería librarse de él, incluso si Marcel, incluso si los demás no se libraban nunca! Se incorporó en la cama, despierta, y aguzó el oído hacia una llamada que le pareció muy cercana.

También Yvars, quien ha compartido con sus compañeros un mutismo desesperante para el patrón. Los obreros se enteran de que peligra la vida de la hija pequeña de Lassalle, el jefe. En ese momento, el silencio se llena de significado: Volvieron a sus sitios y el ruido llenó de nuevo el taller, pero trabajaban lentamente, como a la espera de algo. Y cuando el patrón entra en el sector de las duchas, vuelve a pronunciar un Buenas tardes al que en principio nadie responde. Cuando ya se estaba por cerrar la puerta, es Yvars el primero en hablar:

“La puerta se cerraba ya cuando Yvars pensó que había que llamarle. Entonces Yvars empezó a vestirse sin lavarse, dio también las buenas tardes, pero de todo corazón, y todos le respondieron calurosamente.”

La libertad en estos personajes es utilizada en su aspecto receptivo, más como una acogida de la realidad que un cerrarse en un estrecho círculo. Ese lugar, el de la libertad, es también el espacio donde el hombre puede mirar al otro captando lo incondicionado en lo condicionado. Es otra forma de camino hacia el reino para Camus, la de no sumirse y sumarse al servilismo de considerar al otro simplemente por sus condicionamientos sociales y culturales. Como ejemplo veremos, por último, un cuento maravilloso de esta colección, justamente llamado “El huésped”. El título es muy significativo si consideramos el contexto en el que se escribe este relato.

Los personajes: un maestro de escuela rural, Daru, que ama ese lugar desértico en algún punto del norte de África que el cuento no especifica, y un árabe que ha matado a otro árabe, primo suyo, y que le es confiado a Daru para que lo entregue en el puesto de policía más cercano. Camus sintió desde joven la hermandad con el pueblo árabe, por el que se expuso hasta el límite ya en 1939 en sus famosas crónicas donde denunciaba la miseria inhumana en la que se mantenía al pueblo de Kabylia. En este relato pone en cuestión la convivencia fraterna, mostrando sus límites pero también creando las posibilidades de acogida de un hombre hacia otro, criminal y de cultura tan distinta. La única posibilidad, no considerarlo sólo por sus condicionamientos.

El cuento comienza en medio de una inmensa sequía que ha interrumpido las clases, seguida de la impiadosa nieve que ha cubierto lo poco que quedaba. Nuevamente, una situación de extrema necesidad. Daru ve llegar, subiendo la colina, a dos hombres, un militar que trae atado a un árabe. Daru los recibe y allí mismo, al comenzar el cuento, hay una decisión del narrador que quiero subrayar. Describe en detalle al árabe, se detiene en las manos, los ojos, la piel de un ser criminal e insignificante si consideramos la mirada de los franceses sobre este pueblo. Percibe su expresión de inquietud y rebeldía. Esta larga descripción es ya un reconocimiento, una aprobación, que da existencia al ser. Es interesante el hospedaje que comienza allí. Sí, le da de comer y le preparaun lugar donde descansar, pero sobre todo lo hospeda en sí mismo, en esta aprobación de su existencia, al mirarlo por lo incondicionado que habita en sus condicionamientos de hombre:

“Luego Daru se quedó sin hacer nada; se sentía ocioso; se sentó en la cama. No tenía nada más que hacer ni qué preparar. Había que mirar a aquel hombre. Lo miró, pues, procurando imaginar aquel rostro convulsionado por el furor. No lo consiguió. Sólo veía la mirada a la vez sombría y brillante y la boca animal.” (90)

Al no mirarlo de forma condicionada, genera en el otro una apertura que no sería posible de otra manera. El árabe, cuando puede huir de noche no lo hace, y le pide desesperadamente a Daru, “Ven con nosotros”.

Hacia el final del cuento, Daru sube con el árabe hasta la cima de una montaña, desde donde se divisan dos direcciones, al este y al sur. Le ofrece al árabe un paquete con dátiles, azúcar y pan, y mil francos.

«Ahora mira —dijo el maestro mostrándole la dirección del este—, ésa es la ruta de Tinguit. Hay dos horas de camino. En Tinguit está la administración y la policía. Te esperan.» El árabe miró hacia el este, manteniendo contra su cuerpo el paquete y el dinero. Daru le tomó por el brazo y le obligó a girar bruscamente un cuarto hacia el sur. Al pie de la ladera en la que se encontraban se adivinaba un camino apenas dibujado. «Ésa es la pista que cruza los páramos. A un día de marcha de aquí encontrarás pastizales y los primeros nómadas. Te acogerán y te darán cobijo, según su ley.»

Daru da todo el espacio, como un nuevo Quijote ante sus galeotes, aún si parece exagerado, a la libertad del árabe. El árabe, en este relato, decide ir por el camino de la justicia:

“Y en medio de la bruma ligera, Daru, con el corazón apretado, descubrió al árabe que marchaba lentamente por el camino de la prisión.”

Daru, maravilloso personaje, no es servil ni somete al árabe a su posesión. Prefiere confiar en la libertad de ese hombre, a quien trata no como a un reo sino como a un ser humano necesitado. El desierto, lugar libre y desnudo, será nuevamente el espacio simbólico de exilio como camino hacia el reino. Al igual que para el pueblo de Israel, fue allí donde más aprendió sobre su conversión, a rechazar la servidumbre y la posesión.

Para Camus representarán, los espacios, estados en los que el hombre se acerca o aleja de este anhelo de felicidad. Como en muchas de sus obras, los ambientes cerrados y ciudadanos corresponden al hombre que no quiere experimentar su deseo de plenitud, y lo abierto, la noche, el viento, el sol, a la convivencia con la nostalgia, el anhelo del reino.

En El Exilio y el reino las búsquedas de los personajes son irrenunciables por decisivas para sus propias vidas. La mujer adúltera no va detrás de otros para satisfacer una vida aburrida. Su insatisfacción es tan radical como la indiferencia de Mersault. Cuando entrevé una plenitud al observar una noche estrellada, entiende que hay sólo dos caminos, el de volver a vivir, o el de la muerte.

En cada cuento acontece el descubrir de nuevo un secreto, pero siempre en una tensión, como queda dicho en el título: nos movemos entre el exilio y el reino. En la misma oscuridad se advierte el anhelo de lo luminoso. O, incluso, es allí, en la luminosidad de una maravillosa naturaleza, donde se percibe que hay todavía algo más. Al hablar de estos dos polos no pensemos en una balanza que se inclina hacia un lado o hacia el otro, sino más bien en un imposible eliminar el deseo del reino mientras se atraviesa el exilio. “En cuanto al reino….coincide con cierta vida libre y desnuda que debemos encontrar para renacer al fin. El exilio, a su manera, nos muestra sus caminos, a condición tan sólo de que sepamos rechazar tanto la servidumbre como la posesión (OC IV, 123)”

El reino Camus lo experimentó, como afirma tantas veces, en su infancia y su África natal. En él el sentimiento de plenitud estuvo asociado al contacto con la naturaleza de un cuerpo libre, a la luminosidad, a una pobreza que los volvía ricos de mar, de sol, y a la mirada amorosa, tierna, silenciosa, de su madre. Se ha puesto en evidencia, en nuestro breve análisis de El exilio y el reino, a través de estos tres personajes, que el horizonte que buscan y sus esperas, innominadas, son, en esta última etapa de nuestro escritor, más infinitos aún que el mar.

Enviado desde mi iPad
© 2015 Microsoft Términos Privacidad y cookies Desarrolladores Español

Más galerías | Comentarios desactivados en El Exilio en Albert Camus, caminos hacia el Reino. Resignificaciones

14/11/13 – Jornada Homenaje a Albert Camus

En el Auditorio de la Alianza Francesa de Buenos Aires, y auspiciada por la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires.

foto_coloquio2010

Más galerías | Comentarios desactivados en 14/11/13 – Jornada Homenaje a Albert Camus