EL EXILIO Y EL REINO: UN CAMINO PLAGADO DE OBSTÁCULOS[1]
Marie-Thérèse Blondeau
Traductora, Alicia Bermolen
1937: El derecho y el revés, 1957: El Exilio y el reino. Veinte años separan estas dos compilaciones cuyos títulos parecen hacerse eco y que marcan los extremos de la obra publicada[2]. Ambos están construidos a partir de una oposición de valores positivos y negativos que indican un permanente movimiento de uno a otro. Es el último de los grandes libros de Camus publicados en vida. La compilación se compone de seis nouvelles; está dedicado «A Francine», su esposa. Después de los ciclos del Absurdo (Sísifo) y la Rebelión (Prometeo), Camus encara a partir de 1950 el de Némesis[3], diosa griega de la mesura, ciclo al que da precisión en 1956 en una nota de los Carnets: “El tercer piso, es el amor: el Primer Hombre. Don Fausto. El mito de Némesis». (OC IV, p. 1245). Paralelamente a estas nouvelles, trabaja en una nueva novela: El Primer Hombre y en adaptaciones teatrales: Réquiem para una monja y Los Poseídos. Publicó en 1953, Actuales II, en 1954 El verano, en 1956 La Caída, originalmente una de las nouvelles de El Exilio y el Reino, como lo recuerda en el “Se ruega incluir” de la compilación: “La Caída, antes de transformarse en un largo relato, formaba parte de “El Exilio y el reino” (OC IV, p.123). La nota de los Carnets de 1956, ya citada, aclaraba: Antes del tercer piso: nouvelles de “un héroe de nuestro tiempo”. Tema del “juicio y el exilio”. Se trataba de La Caída. En 1957, se publica también Reflexiones sobre la guillotina. Las nouvelles fueron escritas dentro de un contexto personal difícil para Camus y dentro de la selección, el itinerario del exilio al reino aparece como un camino plagado de obstáculos.
Un contexto difícil
El Extranjero y la dirección de Combat dieron a Camus una notoriedad segura y en 1947, La Peste fue un enorme éxito. Sin embargo, este relato le costó tanto que ya no se sintió con fuerzas como para emprender El Primer Hombre; la forma corta le resultaba; en marzo de 1954 dice a Franck Jotterand, en una entrevista para La Gazette de Lausanne: “En este momento escribo nouvelles. Es un poco una transición y descubro que este género me resulta”. (OC III, p. 916). El 8 de julio de 1955, escribe a René Char: “Retomé el trabajo, aunque con esfuerzo y tengo un poco la sensación de salir de un túnel. En agosto, iré solo a Italia a darme un baño de anonimato y tratar de terminar mis nouvelles”[4] y el 24 de agosto de 1955, a Jean Grenier: “Problemas de salud arruinaron mi verano. Finalmente, un viaje a Italia me recuperó. Trabajé y terminé en su primera versión, un volumen de nouvelles. Quisiera revisarlas en París en septiembre”[5].
En la época en que comienza a escribir sus nouvelles, Camus atraviesa un período difícil. Se pregunta si no se produce cierto agotamiento de su obra que sería un giro: ¡40 años! Les gustaría enterrarlo, confinarlo a algunas crónicas. Su esposa padece una grave depresión registrada en el centro de La Caída. El episodio central y simbólico de la joven que se tira al Sena, desde el Puente de las Artes, remite a Francine en Oran y en París en 1953.
Atraviesa un período de duda luego de la polémica de El Hombre rebelado. La discusión con Les Temps modernes (que se inicia en mayo de 1952 con el artículo de Jeanson, continúa en agosto con la respuesta de Camus al “Señor Director” y la respuesta de Sartre en el mismo número) lo afecta profundamente y tiene por consecuencia su ruptura con Sartre; habían sido amigos y aliados políticos desde la Liberación. El público los consideraba, erróneamente sin duda, como los dos maestros del existencialismo, aunque Camus haya negado ser “existencialista”. Luego de esta polémica que lo deja muy deprimido, abandona Francia el 1 de diciembre de 1952 y va de vacaciones a Argelia. Visita nuevamente Tipasa, uno de los lugares de su juventud; más tarde contará esta visita en un ensayo lírico, Regreso a Tipasa. Viaja también al sur, que no conocía. El 14 de diciembre, está en Laghouat, un oasis al pie de las Altas Mesetas que servirá como decorado a “La Mujer adúltera”. El 16 de diciembre, está en Ghardaïa, una ciudad extraña, en la tierra de los mozabitas, una tribu de musulmanes herejes que viven en el desierto, alejados de las otras tribus. Sin duda recordó la vida austera que llevan y su cultura para describir Taghasa en “El Apóstata”. En diciembre de 1954, viaja a Italia. Afiebrado, engripado, el 11 de diciembre escribe en sus Carnets: “Recuperar la salud a toda costa. Necesito mi fuerza. No quiero que la vida me sea fácil, pero quiero poder igualarme a ella si es difícil” (OC IV, p.1211). En 1955, viaja a Grecia donde toma notas para nouvelles: “El Anfitrión”, «El Apóstata» y una novela: El Primer Hombre, que lo lleva a sus orígenes, El Derecho y el Revés. Pasa una parte del verano del 55 en Italia y trabaja en sus nouvelles. Una de ellas crece: será La Caída.
Desde la discusión de El Hombre rebelado, vive una especie de depresión que paraliza su creación y le impide escribir. El Nobel en 1957 activa la depresión. Tiene la sensación de que lo quieren enterrar vivo bajo los honores. Se preocupa por el moralismo que se le reprocha; está cansado de su reputación de “virtuoso”. A menudo confiesa ser virtuoso sólo por orgullo, no por deber. De hecho se encuentra prisionero de un personaje que le crearon y que no quiere asumir.
El contexto histórico-político es problemático. Camus sale decepcionado de la post-guerra: nada queda de los ideales de la Resistencia. Sigue la guerra fría y el enfrentamiento de los bloques, mortífero. Comprueba impotente la escalada de violencia en Argelia y asiste al desencadenamiento de la guerra, el sangriento día de Todos los Santos de 1954. Sigue de cerca los acontecimientos en África del Norte, firma petitorios, escribe cartas, pero se encuentra en una posición ideológica incómoda. Siempre se negó a tomar partido por uno de los bloques: para él no hay dictador privilegiado, pone juntos a los dictadores, de derecha o de izquierda.
En Argelia, busca una tercera vía. Está conmocionado por los eventos y por una guerra sin nombre. Sabe, desde su infancia en el barrio pobre de Belcourt, que todos los franceses de Argelia no son grandes colonos ni grandes industriales. Al lado de ellos (sólo algunos miles), ¿cuántos obreros y pequeños empleados? Él mismo viene del pueblo, pero por haber tomado partido sobre los grandes temas de su tiempo, como periodista o como escritor, se ve conminado a tomar posición sobre Argelia, a elegir un campo. En enero de 1956, lanza desde Argel un “Llamado a la tregua civil”. Es abucheado por los europeos. Su desconcierto a propósito de los eventos de Argelia es el de “El Anfitrión”, considerado traidor tanto por los gendarmes franceses como por los árabes del pueblo. Daru descubre finalmente, como Camus, que el hombre está siempre atrapado en el engranaje de la Historia.
En su compilación, no omite los problemas que existen en Argelia en esa época, en particular el muro de incomprensión que separa a las dos comunidades. Así Janine toma conciencia del orgullo de los árabes y “El Anfitrión” evoca la imposible fraternidad entre europeos y árabes. Los separa una diferencia cultural, el árabe no comprende nada de la justicia francesa (se pregunta si Daru es el juez), no habla francés, mientras que Daru habla árabe o al menos como muchos franceses de Argelia, comprende suficientes palabras como para hacerse entender. Sin embargo, Camus termina por callar sobre Argelia: “para no agregar nada a su desgracia ni a las tonterías que se escriben sobre ella”, dice en una nota manuscrita de febrero de 1957. El silencio también puede ser acción.
Está cada vez más aislado en relación con la intelligentsia parisina. Vuelve al periodismo que había abandonado en 1947 (Combat) colaborando brevemente en L’Express (1955 -56). Renuncia en febrero de 1956, en desacuerdo con los artículos de Servan-Schreiber sobre Argelia. Intenta escapar al aislamiento en el que vive desde la polémica por El hombre rebelado. Se siente al mismo tiempo solitario y solidario con respecto a su época. Será el tema de Jonás.
Un largo proyecto
La idea de escribir cinco nouvelles aparece a partir de 1943 en los Carnets:
Nouvelles. En plena Revolución el tipo que promete salvar la vida a adversarios. Luego un tribunal de su partido los condena a muerte. Los hace escapar.
Id. Un sacerdote torturado traiciona.
Id. Cianuro. No lo utiliza para ver si llegará hasta el final.
Id. El tipo que de pronto hace defensa pasiva. Cuida a los damnificados. Conservó el brazalete. Lo fusilan.
Id. El cobarde. (OC II, p.1013).
Sólo se mantendrá la segunda “Un sacerdote traiciona” retomada en “El Apóstata”. En 1951, se perfila «Jonás» en los Carnets:
El creador. Sus libros lo enriquecieron. Pero no le gustan y decide escribir su gran obra. Sólo escribe esta última y la rehace todo el tiempo. Poco a poco el malestar y luego la miseria se instalan en el hogar. Todo se derrumba y él vive en una extraordinaria felicidad. Los hijos están enfermos. Hay que alquilar un departamento, vivir en un solo ambiente. Escribe. La mujer se pone neurasténica. Los años pasan y en el abandono total, él continúa. Los hijos huyen. El día en que su mujer muere en el hospital, pone el punto final y el que le anuncia su desgracia sólo le oye decir: “¡Al fin!” (OC IV, p. 1106).
Se reconoce allí el tema del mimodrama en dos partes: “La Vida de artista”, publicado en 1953 en el número 8 de la revista Simoun de Orán.
En 1952 en los Carnets, hay un bosquejo de plan muy avanzado, en el que no figura La Caída:
Nouvelles con el título: Nouvelles del exilio.
- La mujer adúltera.
- Iguapé – el calor humano, la amistad del gallo negro.
- Las altas mesetas y el condenado
- El artista que se retira (título: Jonás)
Luego deja de pintar. Espera con las manos sobre las rodillas. Ahora soy feliz.
- El intelectual y el carcelero.
- Una mente confusa – el misionero progresista va a civilizar a los bárbaros que le cortan las orejas y la lengua y lo toman como esclavo. Espera al próximo misionero y lo mata con odio.
- Nouvelle sobre la locura. (OC IV, p. 1140)
Cinco de las siete nouvelles forman parte de El exilio y el reino: La Mujer adúltera, La piedra que crece (Iguapé), El Anfitrión (Las altas mesetas y el condenado); Jonás; El Apóstata (Un espíritu confundido). Camus abandonó las nouvelles sobre el intelectual y el carcelero y sobre la locura. Agregará “Los Mudos” que aparece dos notas más arriba en los Carnets:
Nouvelle Los Mudos.
Unos obreros regresan a la fábrica (tonelería) luego del fracaso de una huelga. No hablan. El día en el taller.
A la tarde, hemiplejia del patrón. El capataz lo anuncia a un obrero. Éste no habla. Poco después del trabajo, llora, con los brazos sobre la mesa. “Hasta esto, hasta esto”. (OC IV, p. 1140)
Para la misma época, se puede seguir en los Carnets el desarrollo de tres nouvelles: “Nouvelle Brasil” (La Piedra que crece), “Nouvelle altas Mesetas” (El Anfitrión), “Un espíritu confundido” que se transformará en el subtítulo de El Apóstata[6]. Dos nouvelles son objeto de pre- publicaciones: “La Mujer adúltera” (1954 en Argel), “El Apóstata” (en la NRF del 1° de junio de 1956, n° 42, bajo el título “El espíritu confundido”). En marzo de 1957 se publica la compilación.
Estructura de la compilación: unidad en la diversidad.
Conviene primeramente recordar el estatus de la nouvelle, en Francia. Es un relato breve que puede ser realista o fantástico. Se trata de lograr hacer vivir en algunas páginas a un personaje, crear una atmósfera, aclarar un enredo. Por ser breve, la cantidad de personajes es limitada, contrariamente a la novela. El interés se concentra a menudo en un momento de crisis. Cada nouvelle de la compilación es autónoma. Aún si a veces aparecen de manera aislada, reunidas en una compilación toman otro significado, a la vez solidarias y solitarias. Se reconoce allí uno de los temas camusianos, enunciado de manera enigmática en “Jonás”.
Dese el principio, Camus tuvo la idea de una compilación. El primer título previsto «Nouvelles del exilio» es remplazado por El Exilio y el Reino, que suena como un eco de El Derecho y el Revés de 1937. El título es abstracto, un poco enigmático, y expresa una tensión característica de todo arte auténtico para Camus. No retoma el de ninguna de sus nouvelles, contrariamente a la compilación de Borges, El Aleph, por ejemplo, cuyo título proviene de la décima séptima nouvelle.
Camus demuestra que puede escribir nouvelles con diferentes matices, como si fueran ejercicios de estilo. Ya lo había mostrado con sus relatos: El Extranjero es distinto de La Peste, cuyo estilo no se parece al de La Caída. El «Se ruega incluir» de la compilación reivindica una unidad en la diversidad:
Un sólo tema sin embargo, el del exilio, está allí tratado de seis modos diferentes, desde el monólogo interno hasta el relato realista […].
En cuanto al reino en cuestión, también en el título coincide con un tipo de vida libre y despojada que debemos reencontrar para finalmente renacer. El exilio, a su manera, nos muestra sus caminos con la única condición de que sepamos rechazar al mismo tiempo la servidumbre y la posesión. (OC IV, p. 123)
Esta unidad afirmada por el autor no es fácil de encontrar. ¿Qué es lo que reúne los destinos de la mujer de un comerciante de telas, un misionero loco, un tonelero que envejece, un maestro, un pintor parisino, un ingeniero exiliado en Brasil? Por supuesto, se puede encontrar una respuesta en el título que explicitaría las intenciones del autor: la unidad sería entonces temática, cada nouvelle trataría del exilio y/o del reino. ¡Pero no es tan fácil!
La espera es un motivo que relaciona las nouvelles entre sí. “[Janine] esperaba, pero no sabía qué”. En lo alto del fuerte, mira el horizonte. “Allá, más al sur, en ese lugar donde el cielo y la tierra se unían en una línea pura, allá, le parecía de pronto, algo que había ignorado hasta ese día y que sin embargo no había dejado de faltarle, la esperaba”. (OC IV, p. 13). “[…] espero al misionero que debe venir a remplazarme […] Esperaré, espero” (p. 19) enuncia El Apóstata cuando empieza la nouvelle. A la noche, en la terraza de su casa, Yvars “no tenía otra cosa que hacer más que esperar, quedamente, sin saber muy bien qué” (p. 35). Se puede suponer, al final de “El Apóstata” que Daru espera la muerte, después de haber leído la inscripción “escrita con tiza por una mano torpe [en el pizarrón]: Entregaste a nuestro hermano. Pagarás.” (p. 58). Al final de la nouvelle epónima, Jonás, refugiado en su altillo espera a su estrella. Después de “haber dado vuelta el cuadro contra la pared [,]. Agotado, esperaba, sentado, con las manos en ofrenda sobre las rodillas”. (p. 82)
Todo el mundo espera, en “La Piedra que crece”: Alrededor de Arrast], los peregrinos esperaban, sin mirarlo, impasibles bajo el agua que bajaba de los árboles como finos velos. Él también esperaba, frente a esta gruta, bajo la misma bruma de agua y no sabía qué.
No dejaba de esperar en realidad, desde que había llegado al lugar hacía un mes. Esperaba […] como si el trabajo que había venido a hacer allí sólo fuera un pretexto, la oportunidad de una sorpresa o un encuentro que ni siquiera imaginaba, pero que lo habría esperado, pacientemente, en el fin del mundo. (p. 95).
Si la unidad es difícil de encontrar, la diversidad se impone de entrada
Los títulos indican roles sociales en diferentes áreas: vida privada (mujer adúltera), fe religiosa (apóstata), vida social (anfitrión – con la ambivalencia de la palabra que designa en francés, como en español, al que recibe y al que es recibido); un solo título nombre propio (Jonás, referencia bíblica); un título enigma (La Piedra que crece); se puede observar también que sólo dos nouvelles proponen subtítulos: “El Apóstata o Un espíritu confundido”; “Jonás o El artista trabajando”.
La diversidad impregna también los lugares: tres nouvelles ocurren en Argelia, pero en tres paisajes muy diferentes: el sur desértico, Argel, las Altas Mesetas; una en África negra, una en París, una en América del Sur, en Brasil. Se comprueba entonces una apertura geográfica.
Camus buscó ampliamente en sus viajes, en sus Carnets y en su vida el contexto geográfico. Primeramente Argelia; se encuentra así en “La Mujer adúltera” el sur desértico y la visita a Laghouat en diciembre de 1952, en “Los Mudos” su infancia en Argel, lo que mostrará, en 1994, en El Primer Hombre, la descripción del taller de tonelería del tío Ernest, modelo del de los “Mudos”; en “El Anfitrión” finalmente, el recuerdo de su viaje a las Altas Mesetas argelinas en diciembre de 1952 como lo muestra esta nota de los Carnets:
Esto es la ruta de Djelfa. Encontrarás un auto. Lo detendrás. En Djelfa, se encuentran la gendarmería y el tren. En cambio esta pista atraviesa las Altas Mesetas. A un día de marcha desde aquí encontrarás las primeras pasturas y a los nómades. Te recibirán. Son pobres y miserables, pero dan todo al huésped. (OC IV, p.1140)
Pero nunca fue a África negra, donde ubica a “El Apóstata” e inventó la ciudad de sal, aunque exista una ciudad llamada Tagaza en Niger. También puede haberse inspirado en las minas de sal de Taoudennit, en Mali, cerca de Tombuctú. El departamento de Jonás en París es el que él habitó en la calle Séguier, con su familia, desde fines de 1946 hasta 1950. Finalmente, buscó ampliamente en sus notas de viaje a América del Sur, de junio a agosto de 1949 a Brasil, en particular a Iguapé.
La narración es siempre original. Jean Grenier cuenta estas palabras de Camus el 6 de agosto de 1956, en sus Carnets[7] : “En cada nuvelle quise cambiar de estilo y componer algo original”. A propósito de los Mudos: “Quise mostrar que se podía hacer “realismo socialista” a los de enfrente, aún no creyendo en eso”.
Para Roger Quilliot, estas nouvelles son “escalas musicales”: un monólogo para “El Apóstata”, un relato realista “Los Mudos”, un relato irónico “Jonás”, tres relatos en parte realistas, en parte simbólicos: “La Mujer adúltera”, “El Anfitrión”, “La Piedra que crece”, admirable nouvelle con final elíptico según él.
Los puntos de vista son también muy variados. En “El Apóstata”, escrito en primera persona, el personaje monologa como el protagonista de La Caída, pero las circunstancias son diferentes: está solo y no puede proferir ningún sonido, sus amos le han cortado la lengua. Las otras nouvelles están en tercera persona con variación del punto de vista. En “La Mujer adúltera” y “La Piedra que crece”, un personaje unifica el relato y lo centra; “Los Mudos”, “El Anfitrión”, “Jonás” optan por un punto de vista dominante.
Los personajes presentan también una gran diversidad. Sólo una de las nouvelles está centrada en una mujer. Su protagonista, Janine, ya no es muy joven; su vida de pareja es frustrante, siente angustia cuando piensa estar pasando al lado de su vida; vive la experiencia del infinito a través del contacto con el desierto.
El Apóstata, cuyo nombre quedará desconocido, es un misionero que busca en la religión un absoluto, el fundamento del poder; renegó del catolicismo por la religión animista de la ciudad africana en la que fue hecho esclavo. Solo en medio del desierto, espera la llegada del nuevo misionero al que espera matar para impedirle convertir a los habitantes de Taghâza, tarea en la que él, el esclavo conversador que quedó mudo, fracasó completamente. Describe su juventud, reconstruye su pasado según un orden cronológico que le restituye su memoria. Retomado por sus amos es descuartizado y crucificado sobre una “montura de guerra”. Es reducido definitivamente al silencio por el brujo que le pone en la boca un puñado de sal.
Yvars, un obrero, retoma el trabajo luego del fracaso de una huelga en su taller; los obreros se encierran en el silencio con el patrón, aún en el momento en que éste vive un drama personal.
Daru, un maestro francés que fue nombrado en las Altas Mesetas argelinas, respetuoso de los árabes, vive la dolorosa experiencia de la falta de comunicación entre ambas comunidades. Se puede ver en él la posición de Camus frente al problema argelino.
Jonás, un pintor que se hizo célebre, ya no llega a crear por la cantidad de obligaciones e inoportunos que le trajo la celebridad.[8]
D’Arrast, un ingeniero francés que trabaja en Brasil, vive la experiencia de su diferencia radical respecto de los autóctonos, pero encuentra la oportunidad de pasar del estatus de extranjero al de hermano. Se impone la relación con Sísifo: carga la piedra pero contrariamente al héroe de la antigüedad, la apoya.
Un camino plagado de obstáculos…
En “Se ruega insertar” Camus propone una definición del reino, lo hemos visto, pero al leerlo la noción de exilio que no define es más evidente. No se trata aquí de estudiar cada nouvelle en detalle sino de proponer pistas de reflexión.
El exilio designa un estado de pérdida de algo esencial al ser humano. Para Camus, es «el estado del hombre privado de”[9]. (OC II, p. 1003). Puede ser histórico, geográfico o moral. En la Biblia, el término designa concretamente al del pueblo elegido fuera de Tierra santa, en particular el exilio en Babilonia. ¿Se debe ver, metafóricamente allí el de Camus fuera de Argelia?
Este término aparece varias veces en Camus, primero en el título de un ensayo que data de 1948: “El Exilio de Helena” que se publica en 1954 en El Verano: “Hemos exiliado a la belleza, los Griegos tomaron las armas por ella” (OC III, p. 597), escribe. Siempre en la misma compilación, en “Regreso a Tipasa” se puede leer: “Llega un día en que a fuerza de rigidez, ya nada embelesa, todo es conocido, la vida se pasa recomenzando. Es el tiempo del exilio, de la vida seca, de las almas muertas. Para revivir, hace falta una gracia, el olvido de sí o una patria” (OC III, p. 610). El tema se encuentra ya en El Mito de Sísifo en 1942 y a partir de 1943, es ampliamente desarrollado en La Peste. En esa época, Camus separado de Argelia y de los suyos, vive esta experiencia en carne propia.
Cada personaje de la compilación de 1957 está encerrado en su exilio: Janine en su pareja, El Apóstata en su locura y su error, Jonás en su estatus de artista, Yvars en su condición social, Daru entre dos comunidades, d’Arrast en su exilio geográfico y su error.
La noción de reino aparece tempranamente en Camus, a partir de 1936 en los Carnets: “Soy feliz en este mundo porque mi reino es de este mundo” (OC II, p. 799). Es un lugar particular en el que el ser humano puede desarrollarse; tiene como revés el exilio. Si para Camus el reino no está situado en otro mundo, la referencia religiosa no está menos omnipresente a la vez en el título y en la compilación de 1957. La Caída, título eminentemente religioso, debía formar parte de ella originalmente y recordamos que su protagonista tomó el nombre de Juan Bautista Clamence, vox clamantis in deserto. La primera nouvelle de la compilación se refiere, por su título, al episodio de la mujer adúltera; Jonás remite al libro profético, El Apóstata a la ciudad de sal del libro de Josué, pero toda la nouvelle está impregnada de religión, aún si está alejada en un sentido maléfico, como el Padre Nuestro renovado o la crucifixión del protagonista al final. D’Arrast consolando al gallo[10] al final, ¿no se transforma acaso en héroe crístico? ¿La verdadera iglesia estaría acaso en medio de los pobres, en la cabaña donde tira la piedra?
El reino representa el paraíso perdido, más allá de los sufrimientos, del renunciamiento. Presenta también un parentesco profundo, un acuerdo con el mundo (“La Mujer adúltera”) o con los otros (“La Piedra que crece”). Es un lugar soñado, entrevisto aquí abajo. Al comienzo de “La Mujer adúltera”, Janine extraña una especie de reino que conoció en su juventud: “En la costa, los años de juventud pueden ser felices […] El verano, las playas, los paseos, el mismo cielo, estaban lejos” (OC IV, p. 5). Igual que ella, Yvars tuvo que renunciar al reino de su juventud: “El agua profunda y clara, el sol fuerte, las jóvenes, la vida del cuerpo, no había otra felicidad en su país” (OC IV, p.62). ¿No es también el caso de Camus?
Cada personaje aspira a un reino, aún cuando la palabra “exilio” sólo aparece dos veces en la compilación, en forma de sustantivo: “Aquí el exilio o la soledad”, piensa d’Arrast en “La Piedra que crece”, y bajo forma de adjetivo en “El Anfitrión”: “En cualquier otra parte, [Daru] se sentía exiliado” (OC IV, p. 104 y 48), se cuentan en cambio siete ocurrencias de “reino” fuera del título. Lo que es bastante paradojal, porque el exilio está más puesto en escena que el reino.
Los más felices son los reinos elegidos: las Altas Mesetas para Daru, lugar que él había elegido, donde podía vivir en consonancia consigo mismo, hasta la intrusión del gendarme Balduci. Este reino se hace sensible al comienzo de la nouvelle, por las escapadas líricas. Es un lugar solitario, por encima de los hombres. “Durante días, aún, el cielo inalterable derramaba su luz seca sobre la extensión solitaria donde nada recordaba al hombre” (OC IV, p. 50). Se encuentra la misma situación geográfica elevada en “La Mujer adúltera”. Pero ese reino está amenazado por la intrusión de los hombres y de la Historia.
Todo espacio de vida, de creación y de intercambio, está amenazado; el reino puede ser del orden del pesar como lo muestra la caída de los “Mudos”: “Le contó todo, sosteniéndole la mano, como en los primeros tiempos de su matrimonio. [.] Querría haber sido joven y que Fernande lo fuese aún y habrían partido al otro lado del mar” (OC, IV, p. 45).
Son también paradojales: es el desierto para los nómades, en “La Mujer adúltera”: “Más lejos aún, y hasta el horizonte, comenzaba ocre y gris el reino de las piedras donde ninguna vida aparecía. [… Los nómades] eran un grupo que se desplazaba en el vasto territorio que descubría con la mirada, no poseían nada pero no servían a nadie, señores miserables y libres de un extraño reino” (OC IV, p. 13). En “El Anfitrión”, el sur es el lugar de la libertad, el de los nómades, una especie de reino soñado; ¿el altillo de Jonás es uno de ellos?
Pueden finalmente ser negativos cuando están basados en la esclavitud. El Apóstata aspira a un reino “donde en una sola ciudad de sal y de hierro, oscuros tiranos someterán y poseerán sin piedad” (OC IV, p. 31).
¿Es posible pasar de uno a otro?
El reino habitado por Daru al comienzo de la nouvelle, “señor” en su escuela aislada es muy modesto, algo negativo; “en cualquier otra parte se sentía exiliado” pero es a su medida. La política lo exilia de ese reino vislumbrado: “Daru miraba el cielo, la meseta y más allá las tierras invisibles que se extendían hasta el mar. En ese vasto país que tanto había amado, estaba solo” (OC IV, p. 58). Al comienzo de la novela, piensa que “hay con qué sostener un sitio”, finalmente está en estado de sitio, exiliado como los oranenses en La Peste, amenazado de muerte. La soledad inicial que le había permitido acceder a cierto reino lo sumerge al final en un exilio desesperante.
El pasaje del reino al exilio puede hacerse también por el descubrimiento de la verdad: no era un reino. Es lo que vive Yvars cuando toma conciencia de la realidad de las relaciones entre patrones y obreros o d’Arrast confrontado a la diferencia entre las razas. En cuanto al apóstata que sueña con un “reino” perverso donde todo el mundo sería esclavizado por “oscuros tiranos”, pasa del exilio al falso reino. Parece que no supo rechazar la servidumbre, finalmente es condenado a un exilio total. Jonás, por su parte, vive exiliado entre los suyos, rodeado de fastidiosos. En su caso, la solidaridad lleva al exilio. El altillo, donde se retira, ¿sería un reino aunque fuera irrisorio? El reino, para el artista, es la soledad que necesita para crear.
A veces, en el centro del exilio se descubre un reino: es lo que hace Janine en el desierto. Ella “sólo sabía que ese reino, desde siempre, le había sido prometido y que sin embargo nunca más sería suyo sino en ese fugitivo instante, tal vez, en el que reabrió los ojos sobre el cielo de pronto inmóvil y en sus olas de luz fija, mientras los ruidos que subían de la ciudad árabe se acallaban bruscamente. Le pareció que el transcurrir del mundo acababa de detenerse en ese momento y que nadie, a partir de ese instante seguiría envejeciendo ni moriría. En todas partes a partir de entonces, la vida estaba suspendida, salvo en su corazón donde en el mismo momento alguien lloraba de tristeza y de éxtasis” (OC IV, p. 14).
A veces el exilio se transforma en reino, pero sólo si se está en estado de receptividad, como Janine o d’Arrast. D’Arrast “lanzó la piedra al centro de la habitación, al fuego que todavía ardía. Y allí, irguiendo toda su estatura, de pronto enorme, aspirando en bocanadas desesperadas el olor de miseria y cenizas que reconocía, escuchó subir en él la ola de una alegría oscura y agitada a la que no podía dar nombre. […] El ruido de las aguas la llenaba de una felicidad tumultuosa. Con los ojos cerrados, saludaba alegremente su propia fuerza, saludaba una vez más la vida que volvía a empezar” (OC IV, p. 111). Una alegría idéntica embarga a Janine: “Entonces, con una suavidad insoportable, el agua de la noche empezó a colmar a Janine, sumergió al frío, subió poco a poco desde el centro oscuro de su ser y desbordó en olas ininterrumpidas hasta su boca colmada de gemidos” (OC IV, p.18). Janine no conserva su reino: vuelve junto a su marido. ¿Qué ocurre con d’Arrast que ocupa el lugar vacío, en la cabaña pobre? ¿Permanecerá allí? ¿Sería efímero el reino entrevisto y destinado a ser perdido?
El Exilio y el Reino aparece como intermedio entre la obra ya escrita y la del ciclo del amor y la mesura que nunca lo será. Recoge la herencia de los ciclos anteriores. Si “El Apóstata” muestra los peligros de la desmesura, otras nouvelles como “La Mujer adúltera”, hacen sensible la necesidad de la mesura en la experiencia del reino. Muestran sobre todo la importancia del amor en su sentido más amplio: el respeto al otro, la disponibilidad, la fraternidad. Pero la compilación sigue haciendo una cantidad de preguntas a las que es difícil responder. Considerando la sucesión de nouvelles, ¿se pasaría del exilio al reino entre “La Mujer adúltera” y “La Piedra que crece” en ambos extremos? ¿O entonces cada una nos presentaría una faceta de estas nociones? ¿Hay progresión del principio al fin en el camino que lleva del exilio al reino o el autor elimina progresivamente los caminos sin salida? Parecería que el conjunto va hacia la fraternidad, de la iluminación solitaria de Janine a la exaltación solidaria de d’Arrast entre sus hermanos brasileños. Mientras tanto, el camino se muestra muy sinuoso;sembrada de obstaculos es la via que lleva al reino
[1] Texto de una conferencia presentada en Buenos Aires (Argentina) y en Santiago (Chile) en noviembre de 2013.
[2] En 1958, Camus reúne sus artículos sobre Argelia en Actuales III. Crónicas argelinas1939-1958.
[3] OC IV, p. 1093.
[4] Albert Camus-René Char, Correspondencia, 1946-1959, París, Gallimard, « NRF », 2010, p. 136.
[5] Albert Camus-Jean Grenier, Correspondencia, 1932-1960, París, Gallimard, « NRF », 1981, p. 201.
[6] OC IV, p. 1139-41.
[7] Jean GRENIER, Carnets 1944-1971, Ediciones Seghers, París, 1991, p. 202.
Es también la situación de Camus como los muestra esta nota de los Carnets de 1952 : “Todos y todas encima de mí, para destruirme, reclamando su parte sin descanso, sin jamás, jamás, tenderme la mano, venir en mi ayuda, amarme finalmente por lo que soy y que siga siendo lo que soy. Consideran mi energía sin límite y que yo debería distribuírselas y hacerlos vivir. Pero puse todas mis fuerzas en la extenuante pasión de crear y por lo demás soy el más desprovisto y necesitado de los seres” (OC IV, p. 1135).
[9] Nota de los Carnets de 1943, época en la que trabajaba en la segunda versión de La Peste, relato invadido por el tema del exilio.

